El miedo

ASBEL MAR

Dice mi maestra que hemos perdido la capacidad de impresionarnos, creo que he sido una de sus víctimas, quise creer que sabía tanto que podía soportarlo todo.

Pero tampoco quiero engañarlos, soy consciente de lo que pasa y de lo que veo, sé que por abrumador que pueda llegar a ser el pesimismo me pone los pies en la tierra.

No es que sea un impedimento para mí conocer la verdad de las cosas, sé que existe la maldad, aunque quiera creer que no, más bien solo quiero decirme, y decirles, que con las mentiras necesarias el mundo se vuelve más habitable.

Hablemos del miedo, no del de la infancia, no de los monstruos debajo de la cama ni las fobias que nunca se superan, menos de ese momentáneo que aparece en las películas de terror, hablemos del miedo real, de saber que en un momento todo puede acabar.

Estuve pensando (en realidad estuve leyendo) en lo que significa sentirse bien, puede ser o no placentero, hay personas que sólo pueden disfrutar de su propia compañía cuando peor están, a veces eso se propaga, y necesitan que otros se sientan mal.

Es lamentable, pero casi puedo asegurar, que estamos viviendo una de las epidemias más terribles de problemas relacionados a la salud mental. Tema que, a pesar de haber sido visibilizado con el pasar de los tiempos y que ahora se considere verdadero tabú no hablar de ello, sigue teniendo su lado inexplicable; en él, como en todas las cosas, existe el lado oscuro del que nadie habla: la justificación, la omisión y la normalización.

Es cierto que atender cualquier padecimiento que atente con nuestra integridad física es indispensable y que la influencia a estas condiciones puede influir gravemente en nuestra percepción del bien y el, que a pesar de claramente contar con un antecedente que nos impone esta situación, no justifica de ninguna manera las acciones conscientes y plenas que hacemos. Sobre todo, aquellas que terminan afectando a terceros.

Por eso, hoy hablamos del miedo; del que nos ataca a nosotros mismos y se esparce entre quienes nos rodean, del miedo de saber que algo está mal y no hacer nada para cambiarlo, y también, del peor de los miedos: la omisión.

Si negligentemente decidimos ver hacia otro lado cuando algo, que es evidente peligroso, está pasando, perdemos todo lo que tenemos de humanidad. Cada vez que decidimos negarnos a hacer algo, que somos cómplices del silencio o pactamos conductas que no alteren la opinión pública, podemos no solo ser víctimas del miedo, si no sus ejecutores.

No me quiero sobrepasar, claramente hay un sinfín de razones que puedan llevarnos a dejarnos manipular por este sentimiento tan poco particular, lo entiendo bastante bien, sentirse preocupados con esa intuición que no nos deja dormir es difícil de sobrellevar, peor aún es sentir la paralización de nuestros sentidos cuando algo ya está pasando.

El miedo que se apodera es el mismo que puede ser el que nos motive, quizá no a dar el primer paso enseguida, pero sí a transformar lo que sentimos, lo que pensamos y lo que estamos dispuestos a hacer.

Espero seguir leyéndonos la próxima semana.