Los pormenores de la ingenuidad

ASBEL MAR

Cuando el interior en mí toma fuerza y las emociones se desbordan por mi boca, por mis ojos y mi piel, siento que pierdo lo que soy. Me repito que me debo al autocontrol, a la paciencia, que el autodominio está bajo mi control, pero me doy cuenta de que no. Que quería creer que sí, pero no.

Sé que en este espacio se comparte un contenido con un enfoque más digital, que trata de entender cómo esos fenómenos de internet pasan de lo viral a la cotidianeidad en cuestión de segundos. Y no es que quisiera faltarme a ustedes y decidir por mi propia voluntad cambiar el giro de las cosas, mentiría si no admitiera que El Espectador ha sido un refugio para mí en esos momentos de caos, a quienes me leen, a mis propios espectadores, les debo muchísimo más de lo que pueden imaginarse. Y ya sea que me conocen o que soy una gran incógnita en sus vidas, hoy me tomo el atrevimiento de contarles algo un poco más personal, algo que, como muchas otras veces, se manifiesta como una epifanía en los momentos más inoportunos.

Como si fuera un chiste de mal gusto, hasta hace días seguía creyendo que mi único lenguaje del amor era el autosacrificio. Decidir dejarme consumir hasta las cenizas, destrozarme una y otra vez hasta volverme pedazos. Pensaba genuinamente que si lo hacía y esperaba con paciencia las cosas poco a poco iban a cambiar, que un día alguien voltearía a verme y me lo agradecería, me miraría a los ojos y reconocería mis esfuerzos.

Ingenua es poco si me lo preguntan.

Escribiéndolo recuerdo que cuando era niña la vida no solo era más fácil, también era más corta. Mis días pasaban tan rápido que, aunque algo me hiriera profundamente para el mediodía probablemente ya no lo recordara; ahora que soy adulta no solo lo pienso, lo escribo. Qué peligroso, podría volver a leerlo y hacerlo tantas veces que jamás lo olvidaría y sería, para mi pesar, un tormentoso pasado arrastrándose tras de mí.

No voy a negarlo, en realidad sigo herida, me pregunto cuántos años necesitas para dejar que esos sentimientos de inferioridad se vayan y comiences a vivir de nuevo; una vez leí que las células de nuestro cuerpo tardan unos siete años en regenerarse y que eso podría ser similar a “obtener” un cuerpo nuevo. No sé qué tan cierto sea o qué tan equivocada estoy, pero si eso aplica para los sentimientos creo que me espera un largo recorrido por hacer y prepararme para ello, porque lo único que no será es fácil.

Quizá esté especulando y sean ideas mías, pero casi puedo recordar cuando ser rencoroso estaba más normalizado y me arriesgo a decir que hasta celebrado, hoy por hoy la cultura del perdón, la espiritualidad y el desapego crece, de hecho, yo soy una de sus principales precursoras. Todos los días me repito: lo que no está en tus manos, que no esté en tu mente.

Me rehúso tanto a soltarlo que hasta empiezo a alucinar para verlo en mis manos y nunca sacarlo de mi mente.

Parece ser que soy un caso perdido. Espero equivocarme.

Poco hablamos de cómo estas ideas de crecer y madurar pueden terminar reprimiendo las emociones. Casi nunca veo adultos llorando ¿es porque no pueden? ¿o porque no deberían hacerlo? Quiero convencerme de que exponerme y mostrarme vulnerable con ustedes también es parte del proceso del duelo, que, aunque no perdí a nadie físicamente, sí perdí mucho de mí y eso es algo tan doloroso que aún me cuesta aceptarlo.

Hoy comparto con ustedes la breve crónica de mi cegada confianza. Espero haber estado a la altura y no haberlos defraudado por no hablar de ninguna tendencia, prometo hacerlo mejor la próxima vez. Como siempre, extremadamente agradecida con ustedes y por supuesto con El Espectador por el espacio.

Espero seguir leyéndonos la próxima semana.