¿Y ahora qué sigue?

RAYMUNDO LARA RUIZ

Antes que todo, pido una disculpa por no haber podido continuar escribiendo mi artículo semanal para este querido medio digital, que tan amablemente me ha abierto sus puertas y brindado este espacio.

Soy profesor del ITACE, aquí en Ciudad Victoria, donde impartía clases en el taller de Mecatrónica. Sin embargo, la geopolítica hizo de las suyas y provocó que la carrera cambiara a Semiconductores y Microelectrónica.

Es increíble que las decisiones del inquilino de la Casa Blanca llegaran a repercutir en ámbitos tan cotidianos como mi escuela, aquí en nuestra ciudad capital. Pero así fue.

Las interrupciones en las cadenas de suministro de semiconductores pusieron de manifiesto nuestra dependencia tecnológica del extranjero y contribuyeron a que, desde Palacio Nacional, comenzaran a plantearse iniciativas para reducirla y, en la medida de lo posible, desarrollar la capacidad de fabricar nuestros propios semiconductores en tierras aztecas.

El Gobierno del Estado también quiso participar en esta iniciativa y, hasta donde tengo entendido, lanzó una convocatoria para capacitar a un grupo de docentes de educación media superior y superior en el campo de los semiconductores.

El Cinvestav Tamaulipas, con sede aquí en Ciudad Victoria, ganó la convocatoria y así fue como, hace aproximadamente dos años, se llevó a cabo la inauguración del programa.

Como siempre, nuestros queridos políticos aprovecharon la ocasión para tomarse la fotografía, todos muy sonrientes, mientras uno, del otro lado, no podía evitar preguntarse: “¿Y ahora en qué nos van a meter?”. Si pudiera poner un emoji aquí, elegiría uno con los ojillos en forma de X.

Y vaya que nos metieron en algo grande. Lo que comenzó como una capacitación terminó convirtiéndose en una experiencia académica mucho más exigente de lo que imaginábamos.

Tuve la fortuna de recibir clases de doctores que han diseñado tecnología para empresas como IBM, HP e Intel, además de investigadores del Cinvestav Guadalajara.

Recuerdo que, hace algunos meses, nos impartieron clases cinco doctores, uno por semana. Ellos forman parte del equipo que encabeza el proyecto Kutsari, una iniciativa del Gobierno federal para impulsar el desarrollo de semiconductores en México.

La exigencia académica era considerable. Eran días y noches prácticamente sin dormir para poder entregar los proyectos y, para rematar, teníamos que realizar una exposición y demostrar el funcionamiento del circuito electrónico que habíamos desarrollado.

Les soy sincero: ¡Me dieron una arrastrada! Y, para serles franco, no creo haber aprobado aquella evaluación.

Para esas alturas del curso, de los aproximadamente 35 profesores que comenzamos, solamente quedábamos cinco: un ingeniero del Conalep, un máster del Tecnológico de Matamoros, un doctor de la Politécnica, otro doctor de la Tecnológica de Altamira y su servidor, un ingeniero.

Aquel día solamente presentamos tres. A dos de mis compañeros les fue bien, pero a mí no tanto.

Al terminar la clase, uno de los doctores comentó que, si alguien deseaba volver a presentar su proyecto, podía hacerlo.

Aquella noche, o mejor dicho, de madrugada, me levanté a las dos de la mañana y me puse a estudiar hasta las siete, porque la siguiente sesión comenzaba a las nueve.

Cuando llegó el momento, le dije al doctor que quería presentar nuevamente. Me respondió que esperáramos un poco, por si alguien más deseaba exponer o tenía alguna duda. Nadie levantó la mano, así que no había de otra: ¡A darle!

Y entonces comenzó el interrogatorio. Me llovieron preguntas de los cinco doctores que nos habían impartido clases. ¡Ya no veía lo duro, sino lo tupido!

Pero esta vez fue diferente. Me defendí bastante bien y, al terminar, sentí un enorme alivio. Habían sido semanas de mucho esfuerzo, desvelos y momentos en los que uno se pregunta si realmente podrá con semejante reto.

Sin embargo, la exigencia del programa continuó y el grupo siguió reduciéndose. De los cinco docentes que habíamos llegado hasta aquella etapa, dos se quedaron en el camino y solamente tres continuamos.

Hoy, en este último curso, quedamos únicamente dos de aquellos aproximadamente 35 profesores que iniciamos esta aventura: el máster del Tecnológico de Matamoros y su servidor.

Y así, estimados lectores, espero no haberlos aburrido con estas líneas, pero quería compartir con ustedes las razones por las cuales no pude acompañarlos durante todo este tiempo. Como podrán imaginar, entre clases, proyectos, circuitos electrónicos y desvelos, las semanas se fueron pasando casi sin darme cuenta.

Todavía no sabemos qué sigue después de esta experiencia. De alguna manera, somos los conejillos de Indias de este proyecto, pero, por lo pronto, ya tenemos nuevos conocimientos y muchas ideas que esperamos llevar a la práctica.

Y resulta curioso que todo esto comenzara por cuestiones geopolíticas que parecían tan lejanas a nuestra vida cotidiana. Ahora, después de tanto esfuerzo, solo espero que los políticos no destruyan el mundo antes de que podamos poner en marcha nuestros proyectos, porque últimamente andan muy intensos, dándose de catorrazos por todos lados: en Europa, en Medio Oriente y con Japón, que también está fortaleciendo considerablemente su capacidad militar.

Y qué decir de Irán, que ha respondido militarmente a Estados Unidos utilizando, entre otros recursos, armamento de un costo considerablemente inferior al de algunos sistemas empleados para interceptarlo. Esto pone sobre la mesa una cuestión interesante: el enorme costo de los sistemas de defensa y el desgaste que pueden sufrir las reservas de misiles, piezas clave de la superioridad militar estadounidense.

Al final, la tecnología y la geopolítica están mucho más relacionadas de lo que imaginamos. Lo que se decide en los grandes centros de poder puede terminar cambiando hasta lo que se enseña en un salón de clases de nuestra querida Ciudad Victoria. Y si algo me ha dejado esta experiencia, es precisamente esa reflexión.

En fin, estimados lectores, reciban un cordial saludo. Espero que podamos seguir compartiendo este espacio durante mucho tiempo más y, sobre todo, que el mundo nos permita continuar con nuestros proyectos.

¡Hasta la próxima!