RAYMUNDO LARA RUIZ
Desde hace décadas Estados Unidos ha impuesto su dominio económico, obligando a muchos países a servir como mano de obra barata para sus empresas. Bajo el disfraz de «oportunidades» y «desarrollo» ha forzado tratados de libre comercio que, lejos de beneficiar a las naciones más débiles, han destruido sus industrias incipientes.
Mientras Estados Unidos se enriquece explotando economías vulnerables, predica libre mercado y cooperación, cuando su verdadera estrategia ha sido sofocar cualquier soberanía industrial. ¿No es esto otra forma de guerra? Una guerra silenciosa, tecnológica y económica, con perdedores predestinados. Todos los países han sido afectados, pero uno está respondiendo como nadie esperaba: China.
China ha logrado una ventaja estratégica que Estados Unidos subestimó: controla el 60-70 por ciento de la producción global de tierras raras, elementos esenciales para tecnologías como chips, armamento y energías limpias, mientras que EU importa el 80 por ciento de estos materiales de su rival.
Este monopolio le da a China un poder geoeconómico sin precedentes, ya que el 90 por ciento de los imanes permanentes (vitales para motores eléctricos y misiles) dependen de sus tierras raras. Aunque EU tiene reservas propias (como en Mountain Pass, California) y tiene algunos proyectos propios, carece de capacidad de refinamiento a corto plazo, proceso que China domina con un 85 por ciento.
Las consecuencias son concretas: sin estos materiales chinos se paralizaría la producción de smartphones, vehículos eléctricos (que requieren neodimio y disprosio), sistemas de defensa (como láseres con europio) y turbinas eólicas (con praseodimio). China ya demostró su poder en 2010 al restringir exportaciones a Japón durante un conflicto diplomático, probando que estos recursos son armas geopolíticas.
Hoy, si China limita las ventas a EU su industria de defensa y transición energética colapsarían en meses. Así, China no solo alcanzó a EU tecnológicamente, sino que reescribió las reglas del poder global: quien controla estos recursos estratégicos puede asfixiar economías rivales sin disparar un solo misil.
El caso de México es emblemático: con la implementación del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) décadas atrás, miles de empresas familiares se vieron incapaces de competir con los precios de los productos importados. Sin el respaldo de padrinos políticos (ese privilegio reservado para unos cuantos) simplemente quebraron, dejando a su paso desempleo y dependencia.
Estimado lector, la Casa Blanca ha iniciado un conflicto global sin precedentes: la tercera guerra mundial ya está aquí, pero no se libra en trincheras sino en mercados, sistemas financieros y laboratorios tecnológicos. México, por su dependencia de Estados Unidos en múltiples ámbitos, enfrenta una grave incertidumbre, principalmente económica. Esto resulta de no haber fortalecido el consumo interno ni desarrollado tecnologías propias en energía y procesamiento de materias primas estratégicas que pudieran servir como moneda de cambio en estos conflictos. La mano de obra barata resulta irrelevante ante este tipo de escenarios.
México posee litio y materias primas estratégicas que podrían ser clave para negociar de igual a igual, no como subordinado. De ahí la importancia de desarrollar tecnología propia para procesar estos recursos que definirán el futuro de las economías globales.
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