México contra el cine extranjero

ASBEL MAR

Para mí fue una sorpresa rotunda que una película extranjera hiciera que el mundo volteara a ver a México mucho antes que producciones de nuestro propio país. Creo, sin temor a equivocarme, que muchos han experimentado un sentimiento similar al enterarse de esto. Y sin ninguna duda fue más sorpresiva mi reacción cuando esto fue tan bien recibido para todos… menos para su fuente de inspiración: México.

Hablemos de la película Emilia Pérez y lo que ha significado para los mexicanos.

Quisiera comenzar dejando claro que mi propósito no es hacer una crítica de cine ni tomar postura alguna; primero, porque no puede emitirse un juicio como una verdad absoluta (porque no la tengo) y, segundo, porque como mencioné en mi primer escrito, la cancelación y el odio masivo en redes no nos lleva a ninguna conclusión, más bien nos sesga.

Para quienes no la conocen, esta película francesa buscaba inicialmente figurar la realidad que se vive en México; haciendo uso de algunas de las más dolorosas problemáticas que existen en nuestro país, tales como el narcotráfico, la desaparición forzada y la delincuencia, además de presentarse bajo el género comedia y por medio de un musical.

Esto, más que un acierto (como lo ha considerado el resto del mundo, incluyendo cineastas mundialmente famosos) ha significado una terrible falta de respeto para los mexicanos, volviéndose un doloroso recordatorio de la percepción que pueden tener los extranjeros de México y lo que significamos para ellos; por eso, esa delgada línea entre la burla y la empatía, entre la representación y lo estereotípico, se quiebra y se disuelve haciendo que muchas de estas intenciones terminen degradando al pueblo mexicano en lugar de generar concientización.

Más allá de la crítica positiva o negativa que podamos darle, creo que la cuestión que deberíamos hacernos es porque seguimos aferrándonos, inútilmente, a buscar respeto en producciones extranjeras que no podrían hacer nada más que caer en estereotipos, clichés absurdos y en escenificaciones trilladas.

A pesar de esto, debo admitir que no creo que los estereotipos deban condensarse por completo, al fin y al cabo son estos los que nos permiten crear ideas de lo desconocido, como la guía en la oscuridad, que por muy débil que sea la luz, sigue alumbrando.

Lo verdaderamente terrible de esto es cuando los estereotipos dejan de serlo para volverse prejuicios y el trasfondo que puede existir es básicamente nulo, como si en México tuviéramos únicamente apología de la violencia y no existiera nada más que esto.

Por eso, aunque esta película no pudo conectar con la mayoría de los mexicanos ni entregarles ningún vínculo significativo (más que el desprecio), gracias a lo mediática que fue, pudo crearse un debate y diálogo alrededor de ella, y creo yo, una valiosa introspección en nosotros sobre lo que consumimos y de quién lo hacemos.

Personalmente, amo las producciones mexicanas; ya sean audiovisuales o escritas, disfruto todo lo que puedo aprender de ellas y sobre todo valoro muchísimo el talento que fluye día con día en nuestro país. Quizá este momento de crisis sea el ideal para enfocarnos más en el cine independiente, local y real que todos los días se esfuerza por destacar.

Quisiera despedirme contándoles un poco de la última lectura del año que hice. Fue “Temporada de Huracanes”, de la escritora veracruzana Fernanda Melchor, donde retrata con crudeza la realidad del México precarizado que nadie ve; mientras leía me vi envuelta en las emociones de sus personajes, en los escenarios de su obra, hasta terminé empatizando con los actos más crueles de amor. Difícil, duro y necesario. Si buscan representación verídica hay que buscar en México. Les prometo que no saldrán decepcionados.