RAYMUNDO LARA RUIZ
Es irónico, pero cierto: al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, lo han propuesto para el Premio Nobel de la Paz. Según se dice, ha mediado en varios conflictos internacionales, como los de Pakistán e India, Congo y Ruanda, y uno de los más relevantes: el de Irán e Israel. Incluso el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, ha respaldado su candidatura.
Paradójicamente, este presidente republicano ha puesto al mundo de cabeza en lo económico y, para colmo, a mi México lindo y querido no lo ha dejado crecer, pues un día dice una cosa y al siguiente, otra, como aquel personaje femenino de cabellos alborotados y un marido rellenito.
Quizá te preguntes qué tiene que ver esto con nuestra columna de tecnología y sociedad. Pues bien, analizaremos el poder destructivo con el que juega el inquilino de la Casa Blanca.
Hace unas semanas, presenciamos la denominada “Guerra de los Doce Días” entre Israel e Irán. El conflicto comenzó cuando Israel lanzó un ataque preventivo contra Irán, argumentando que este último posee un programa de enriquecimiento de uranio. Cabe destacar que, si el uranio alcanza un 90 por ciento de pureza podría utilizarse para fabricar armas nucleares. El ataque israelí acabó con la vida de varios altos mandos iraníes, y la respuesta de Irán no se hizo esperar: ambos bandos intercambiaron misiles.
Israel, por su parte, cuenta con un sistema de defensa avanzado llamado “Domo de Hierro”, compuesto por una red de lanzadores de misiles con capacidad de detección e intercepción de amenazas aéreas. Se han invertido miles de millones de dólares en tecnologías ofensivas y defensivas, pero lo que no parecen entender es que la vida humana y el sufrimiento de los más desvalidos en estas guerras no deberían tener precio.
En el punto más álgido del conflicto aparece el candidato al Premio Nobel de la Paz y ordena un ataque a Irán con bombas capaces de penetrar más de 60 metros, ya sea en tierra o concreto. Tiempo después, al parecer, la guerra cesó. ¿Pero realmente terminó? Desde mi punto de vista, la respuesta es un rotundo no, porque están involucrados dos fanáticos y un megalómano que tienen a su alcance tecnologías nucleares (las más destructivas en términos de contaminación radiactiva) y misiles hipersónicos, que viajan varias veces la velocidad del sonido y, por ahora, cuentan con pocas defensas efectivas.
Estimado lector, quizás esto que te he relatado ya lo has visto, leído o escuchado hasta el hartazgo, pero no está de más recordar que, en este punto de la historia, los avances científicos aún no han encontrado cura para un simple resfriado, pero sí existe tecnología capaz de destruir a la humanidad varias veces. Es irónico que sea más fácil destruir que construir; que los grandes desarrollos tecnológicos se orienten primero al ámbito militar, y solo después se apliquen a otras industrias.
En nuestro país vivimos otro tipo de mal. No se trata de una guerra ideológica, como en el Medio Oriente, sino de algo más complejo, pues involucra cultura, dinero, armas y corrupción política. Me refiero al crimen organizado, en todas sus variantes, que hace uso de armamento, sistemas de comunicación y redes financieras, es decir, de toda la infraestructura tecnológica disponible para operar.
Este flagelo que sufre la sociedad mexicana es multifactorial y, por lo tanto, difícil de erradicar. Sin embargo, es precisamente ahí donde la escuela juega un papel preponderante y transformador. Si logramos apasionar a los jóvenes por la ciencia y la creatividad, y orientamos esa energía, como decía Nikola Tesla, al progreso de la humanidad, podremos cambiar conciencias.
Es difícil, sí, pero no imposible. Podemos comenzar por algo muy simple: como sociedad debemos ver a la escuela como un verdadero agente de cambio en la vida de las personas. Al mismo tiempo, el gobierno debe comprender que el sistema educativo está condicionado por decisiones políticas, pero no debe estar subordinado a intereses políticos.
Las decisiones que afectan el proceso de enseñanza-aprendizaje deben estar en manos de expertos en pedagogía, ciencia y desarrollo humano, no en las de funcionarios que desconocen el aula y los retos reales de docentes y estudiantes. Solo así construiremos un sistema educativo capaz de enfrentar los desafíos del presente y del futuro.
Invertir en educación no es un gasto: es la única forma sostenible de transformar un país desde sus cimientos.
Saludos y si te gustó esta lectura, compártela para que cada vez seamos más los interesados en la tecnología y la sociedad.
