“El Gesticulador”

SERGIO AGUIRRE FLORES

Comenzamos, y digo comenzamos a cambio de decir comienzo, porque esto de escribir en un medio de comunicación es asunto de dos: Usted que me lee y yo que le escribo, y que para esta primera ocasión en que nos comunicamos para hablar semanalmente del Gran Teatro que es este país, he seleccionado la que, presentándose a finales de los años 40 del siglo XX, se considera, especialmente por su autor, valga la humildad, como la primer obra de un teatro auténticamente mexicano: “El Gesticulador”, de Rodolfo Usigli.

Esta tragedia, y mire que quizá otro día hablemos un poco más de los géneros dramáticos, es una historia de engaños donde un profesor de corto peculio, pero homónimo de un prócer de la recientemente concluida Revolución Mexicana, decide hacerse pasar por este último, arrogándose virtudes, glorias y encumbramientos propios de la gesta heroica fundacional de un nuevo tiempo, pero careciendo de las genuinas virtudes y valores de quienes sí arriesgaron el todo por el todo por un país mejor, tal vez ni siquiera para ellos.

César Rubio, protagonista de marras, decide simularse una nueva vida, con una nueva estatura moral, abanderada amorosamente en una historia de la que no fue protagonista, sino mero advenedizo y que, sin embargo, al notar que otorga rédito fácil y crédito amplio en círculos varios, le impulsa a seguir con su mentira, concentrando esfuerzos, no en ser, sino en gesticular, con todo lo grotesco que lleva este verbo con cara de adjetivo.

Participan todos a su alrededor, incluida familia y amigos, pero sobre todo participa él de su farsa trágica, llegando a creerse con fidelidad el prócer al que suplanta, motivado por una necesidad, ya no digamos económica, que claro que la había, sino por algo más rudimentario y necesario para la condición humana: la necesidad de sentirse reconocido.

CÉSAR.-Todo el mundo aquí vive de apariencias, de gestos. Yo he dicho que soy el otro   

 César Rubio… ¿A quién perjudica eso? Mira a los que llevan águila de general sin haber peleado en una batalla; a los que se dicen amigos del pueblo y lo roban; a los demagogos que agitan a los obreros y los llaman camaradas sin haber trabajado en su vida con sus manos; a los profesores que no saben enseñar, a los estudiantes que no estudian. Mira a Navarro, el precandidato… yo sé que no es más que un bandido, y de eso sí tengo pruebas, y lo tienen por un héroe, un gran hombre nacional, Y ellos sí hacen daño y viven de su mentira. Yo soy mejor que muchos de ellos. ¿Por qué no…?

ELENA.- Tú lo sabes… También eso está en ti. Tú no, porque no, porque no.

CÉSAR.-¡Estúpida! ¡Déjame ya! ¡Déjame!

ELENA.- Estás ciego, César.

En estos nuevos tiempos que corren, llenos de movimientos y regeneraciones nacionales ¿cuántos Césares habrán buscado les aplaudan?

ARRIBA EL TELÓN… Tercera llamada, tercera… comenzamos…