“El Viaje de los Cantores”

SERGIO AGUIRRE FLORES

Lamento escribir esta columna. Lamento saber que estamos ante un círculo que habrá de repetirse en otras casas, otros lutos y otros recuerdos dolorosos, donde, en el mejor de los casos, habrá unos cuantos huesos para llorarles en un pedazo de tierra.

Se da cuenta en diversos medios de comunicación sobre el recrudecimiento de las acciones contra los flujos migratorios que, sin quererlo, estamos inexorablemente destinados a administrar, lo cual no es sino solamente ser el último de la fila en una cauda de responsabilidades estructurales donde falla y sigue fallando el pretendido estado de bienestar.

Sigue fallando porque no logra generar condiciones mínimas donde las naciones vecinas al primer mundo logren las autonomías, por decir lo mínimo, alimentarias y en donde no sea la opción al buscar la muerte inmediata la posibilidad de una muerte a cuentagotas. Eso, o la delincuencia.

El problema es y sigue siendo grave y con la embestida arancelaria lo único que tendremos es un aumento en las tasas de desempleo, devaluación aún más severa, pérdida de poder adquisitivo y, por ende, riadas de personas empujadas a la desesperación que ve el migrar como una opción, siempre latente.

La ubicación de Tamaulipas, con sus cíclicas tragedias migrantes y los esfuerzos institucionales por paliarlas me hace pensar sobre una pieza dramática de finales de los ochenta escrita por el maestro Hugo Salcedo y que da cuenta a través del relato escénico de una de las primeras noticias sobre las dimensiones hecatómbicas que puede tener la migración ilegal.

“El Viaje de los Cantores” narra la historia, vida y por supuesto muerte, de un grupo de migrantes ilegales que, transportados por un pollero y su ayudante en un vagón de tren, son abandonados sobre las vías por un desperfecto mecánico, al rayo del sol en verano muriendo de asfixia y en las peores condiciones posibles, sin nadie que les escuchara en su desesperación y, en un giro indescriptible, muriendo todos, a excepción de uno, que pareciese venir desde el infierno a narrar lo inenarrable.

Miguel Tostado Ramírez “El Miqui” sobrevive al hacer un hoyo minúsculo con su navaja en las paredes metálicas y ardientes del vagón pegando la boca para al menos, poder respirar algo de aire hirviendo.

Una narración brutal, descarnada y que sucedida en las cercanías de 1987 se viene repitiendo constante y lamentablemente. Y más lamentablemente, para mí, la mirada que pone el maestro Salcedo al mostrarnos esa tragedia, la otra, la de aquellos y sobre todo, aquellas, que se quedan viendo a sus hombres partir hacia la nada.

Esta pieza dramática pone voces más allá de lo inmediato y nos sitúa en las narraciones de personajes de carne y hueso que nos redimensionan la desgracia, golpeando con palabras que son mazos, en los testimonios de quienes quedan tras la estela trágica de la migración. Le comparto un fragmento del monólogo de “La Abuela”, anciana arquetípica que puesta al servicio de la escena, habla desde su parentesco con “El Mosco”, ayudante del pollero y que muere linchado al interior del vagón a manos de los migrantes que, desesperados, también habrán de morir.

LA ABUELA.- …A veces me dicen que estoy cada vez más vieja, y sí, cada vez mi cara se va apachurrando, pero es por haber estado de pie más de la cuenta. Yo soy de roble, muchacha. Trenes van, trenes vienen, y yo aquí contando los trenes que pasan de largo y los que se detienen. Contando el número de gentes que suben y que se bajan. La última vez que vino mi nieto, hace como 15 o 16 años, la última vez que estuvo, me contó que había visto en sus viajes, algunos muertos que salían a la orilla del río… como pescados… que los sacaban de los vagones todos secos, de quién sabe cuántos días de muertos, y los arrojaban al río para que la corriente los arrastrara como desperdicios. Ahora ya no sé. Ya no me cuenta ¿Y cómo? Si ya no ha venido. Por eso me hubiera gustado que tu Chayo le llevara un recado, que preguntara por el allá en Juárez y le dijera que me estoy muriendo de vieja, de ciega y de loca. Que cuando menos venga una última vez para despedirnos. Eso hubiera querido mandarle decir. Si el Chayo te escribe, dile, a ver si de casualidad lo vio por ahí. A mi nieto le dicen “El Mosco”. Yo le puse así porque cuando nació estaba todo tísico y flaco el pobre. Yo creí que no se iba a lograr, que se me iba a morir en las manos. Pero no. Comenzó a crecer y a crecer como nopal, pero siempre igual de flaco y feo. Si no se ha casado ha de ser por eso: por feo. Tan prieto, tan flaco y tan feo ¿Quién lo va a querer? Dile a tu Chayo que le diga eso, que pregunte por “El Mosco” y le diga que me estoy volviendo loca…

ARRIBA EL TELÓN… Tercera llamada, tercera… comenzamos…