Inteligencia artificial avanza a pasos agigantados

RAYMUNDO LARA RUIZ

Una de las grandes ventajas de pertenecer a la generación X es haber sido testigos del nacimiento y la evolución de muchas de las tecnologías que hoy utilizamos cotidianamente, pero cuyo origen y funcionamiento pocas veces nos detenemos a comprender.

Presenciamos una transformación tecnológica extraordinaria: desde los antiguos bulbos o válvulas termoiónicas, componentes electrónicos que ocupaban un espacio considerable, hasta los modernos circuitos integrados, capaces de albergar miles de millones de transistores en espacios diminutos.

Mientras antes se necesitaban equipos enormes para realizar determinadas operaciones, hoy disponemos de una capacidad de procesamiento inmensamente superior en dispositivos que caben en la palma de nuestra mano.

Lo sorprendente es que toda esa ingeniería, resultado de años de investigación y desarrollo tecnológico, se encuentra ahora a nuestro alcance. Basta con hacer clic, tocar una pantalla, escribir una instrucción o simplemente pronunciar unas palabras para realizar tareas que hace algunas décadas parecían imposibles.

Y ahora, con el acelerado desarrollo de la inteligencia artificial (IA), presenciamos una nueva transformación que promete cambiar nuestra manera de aprender, trabajar, comunicarnos y relacionarnos con el mundo.

¡Perooooo! Como decía el tío Ben en El Hombre Araña: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

Hoy tenemos en nuestras manos precisamente ese enorme poder, uno que crece a una velocidad impresionante, pero nuestra responsabilidad para utilizarlo no parece avanzar al mismo ritmo.

La inteligencia artificial está llamada a marcar un antes y un después en la historia, como ocurrió con la computadora personal, Internet o el teléfono celular. Sin embargo, considero que su impacto podría ser todavía más profundo.

Y aquí viene algo que personalmente me resulta fascinante: las redes neuronales artificiales funcionan mediante pesos, sesgos y operaciones matemáticas que, vistas individualmente, ni siquiera son tan complejas.

Lo extraordinario es cómo la combinación de millones o incluso miles de millones de estos elementos relativamente sencillos puede producir comportamientos tan complejos y sorprendentes.

Sinceramente, cada vez que estudio este tema no puedo evitar compararlo con aquella idea medieval de la magia negra: algo que parece inexplicable, que no terminamos de comprender en toda su profundidad, pero que, de alguna manera, ¡funciona!

Y quizás eso sea lo más fascinante e inquietante de esta tecnología: conocemos las matemáticas que la hacen funcionar, pero todavía tenemos mucho que aprender sobre cómo surgen algunas de sus capacidades y por qué produce determinados resultados.

Precisamente, esta dificultad para comprender y anticipar ciertos comportamientos de la inteligencia artificial está generando preocupación. Tanto es así que diversos gobiernos ya están desarrollando leyes para regular su uso.

Considero que esto ocurre, en parte, porque la tecnología avanza más rápido de lo que nuestra sociedad puede asimilarla. Y me temo que algunas de esas preocupaciones no son infundadas.

Estimado lector: La inteligencia artificial llegó para transformar nuestra sociedad, para bien o para mal. Actualmente, contamos con la capacidad tecnológica para desarrollar las llamadas “fábricas oscuras”, instalaciones altamente automatizadas que pueden operar mediante robots y sistemas inteligentes, con una intervención humana mínima en sus procesos de producción.

Esta transformación también impacta directamente al ámbito educativo. Considero que uno de nuestros mayores problemas es que seguimos trabajando con un sistema demasiado rígido, que conserva características del antiguo modelo prusiano, concebido para una sociedad muy diferente de la actual.

Debemos reflexionar seriamente sobre el futuro de la educación. No podemos continuar formando profesionistas únicamente para satisfacer las necesidades laborales del presente, sin considerar que muchas de esas actividades podrían transformarse radicalmente o incluso desaparecer en unos cuantos años. De hacerlo, correríamos el riesgo de preparar generaciones para empleos que quizás ya no existan cuando concluyan sus estudios.

La sociedad debe comprender que las cosas no permanecerán siempre iguales. Los conocimientos y habilidades que hoy consideramos indispensables podrían perder parte de su vigencia mañana.

Sin embargo, quiero hacer una distinción importante: no necesariamente desaparecerán las profesiones, sino que cambiará profundamente la manera en que el ser humano participa en ellas.

Por ejemplo, actualmente un contador desempeña funciones indispensables dentro de cualquier organización. Sin embargo, es razonable pensar que muchas de sus actividades podrán ser realizadas por sistemas de inteligencia artificial capaces de interpretar instrucciones en lenguaje natural, analizar información financiera y elaborar reportes.

Algo semejante podría ocurrir en la medicina. Si actualmente contamos con robots capaces de ejecutar movimientos extraordinariamente complejos, e incluso participar en actividades como el boxeo, imaginemos lo que podrían lograr en unos años dentro de un quirófano, donde la precisión y la capacidad de procesamiento de información son fundamentales.

Podríamos desarrollar sistemas robóticos capaces de realizar determinados procedimientos quirúrgicos con niveles extraordinarios de precisión, aunque todavía deban resolverse importantes desafíos científicos, médicos y éticos.

Pero existe algo todavía más interesante: una máquina puede aprovechar los conocimientos y experiencias registrados por otras máquinas. Un sistema de inteligencia artificial puede actualizarse con información obtenida de innumerables procedimientos anteriores y utilizarla para mejorar su desempeño.

Imaginemos entonces generaciones de robots que no tengan que comenzar desde cero, sino que puedan aprovechar los conocimientos acumulados por generaciones anteriores y continuar perfeccionándolos.

Esto nos lleva a una pregunta que considero fundamental:

¿Estamos preparando a nuestros jóvenes para competir con las máquinas o para desarrollar las capacidades humanas que les permitan trabajar junto a ellas, en lugar de enfrentarse a ellas?

Por ahora, los invito a reflexionar sobre esta pregunta y a compartir sus opiniones y comentarios.

En nuestra próxima entrega, con la participación de ustedes, podremos construir algunas propuestas que nos ayuden a afrontar esta transformación tecnológica, particularmente en el ámbito educativo.

Porque, al final, el verdadero desafío no es detener el avance de la tecnología, sino aprender a evolucionar junto con ella.

Saludos y hasta la próxima.