RAYMUNDO LARA RUIZ
¿Quién no ha vivido esta situación? Compras un producto, lo usas con cuidado, pero… justo después de que expire la garantía, misteriosamente deja de funcionar. Lo llevas a reparar y te encuentras con que «no hay piezas» o que «sale más caro arreglarlo que comprar uno nuevo».
¿Simple coincidencia? Difícilmente. Tu dispositivo podría ser otra víctima del mecanismo de la obsolescencia programada, una estrategia empleada por grandes corporaciones para mantenernos en un ciclo constante de consumo. ¿Realidad o exageración?
Es comprensible que las empresas busquen liderar su sector, ofrecer productos atractivos y aumentar sus ventas, pues, a mayor volumen de ventas, mayores ganancias. Sin embargo, si fabricaran productos excelentes (algo técnicamente posible), estos durarían mucho más y las ventas eventualmente disminuirían.
El dilema es evidente: Por un lado, productos menos duraderos podrían ser percibidos como de baja calidad; por otro, productos demasiado buenos saturarían el mercado. ¿Es la obsolescencia programada un mal necesario para la economía o simplemente una práctica cuestionable?
Un ejemplo histórico claro es el Cartel de Phoebus (1924-1939), donde empresas como Osram, Philips y General Electric acordaron reducir deliberadamente la vida útil de las bombillas de dos mil 500 horas a solo mil. Los documentos empresariales confirman este pacto para incrementar las ventas.
Otros casos incluyen a DuPont y sus medias de nylon: aunque no existe documentación explícita, ingenieros denunciaron que la compañía evitó usar fibras más resistentes en los años cuarenta. También está el caso de Apple, que en 2017 admitió ralentizar modelos antiguos de iPhone para «proteger la batería», lo que le valió multas millonarias en la Unión Europea. Estos son solo algunos ejemplos conocidos.
Estimado lector, la obsolescencia programada se manifiesta de varias formas: la funcional o tecnológica (dispositivos que quedan obsoletos artificialmente), la de calidad (uso de materiales frágiles) y la psicológica (marketing que nos hace sentir que necesitamos lo nuevo). Aunque no todas son ilegales, su impacto es innegable: promueven un ciclo de compra y desecho que agota recursos naturales y genera toneladas de basura electrónica. Según la ONU, en 2023 se produjeron 53.6 millones de toneladas de residuos tecnológicos, de los cuales solo se recicló el 17 por ciento. Esto demuestra que el verdadero costo va más allá de lo económico, afectando gravemente al medio ambiente y haciendo urgente la necesidad de regulación y consumo responsable.
Con el paso de los años, la sociedad se ha vuelto más consumista. Antes se decía: «Compra algo bueno para que te dure toda la vida», pero hoy ni los electrodomésticos (ni los matrimonios) parecen hechos para durar. La mercadotecnia ha perfeccionado sus estrategias: hay productos para cada estilo, necesidad y hasta estado de ánimo, lo que hace difícil resistirse a comprar, incluso cuando no necesitamos nada.
Debemos tomar conciencia de que, cuanto mayor es la comodidad, más productos se emplean y todo demanda recursos. El precio se paga de una u otra forma.
En todo el mundo, incluido nuestro México lindo y querido, que no es la excepción, las formas de ver la vida varían según la condición económica. Sin embargo, todos compartimos un factor común: el deseo de poseer cosas. Este anhelo colectivo, multiplicado por millones de personas, ha llevado a que la demanda de recursos naturales crezca de manera alarmante cada año.
Ante esta realidad, los nuevos emprendedores (aquellos que sueñan con fundar empresas) enfrentan un desafío crucial: adoptar una filosofía distinta al paradigma depredador que domina a muchas compañías actuales. El futuro exige modelos de negocio que equilibren el progreso económico con el respeto al medio ambiente y el bienestar social. ¿Seremos capaces de construir una economía donde el éxito no se mida solo en ganancias, sino también en sostenibilidad? Saludos.
