ROMAN BOCK
Las palabras de la presidenta Claudia Sheinbaum representan un giro sobre millones de mexicanas y mexicanos que, durante décadas, han sido reducidos a cifras o, peor aún, estigmatizados injustamente.
Reconocer que los migrantes “son hombres y mujeres de bien” dignifica y además corrige lo que históricamente fue una visión incompleta sobre su papel en el desarrollo nacional.
Y es que por muchos años el migrante fue visto únicamente como remitente de dinero, pero hoy esa forma de ver las cosas cambia. No se trata solo de remesas, sino de identidad, esfuerzo y cohesión social.
Y es que este reconocimiento del Gobierno rompe prejuicios y posiciona al migrante como un actor legítimo dentro del proyecto de país, no como un espectador que se encuentra a lo lejos .
Hay algo importante que en esta discusión debemos rescatar: la derrama económica que generan los migrantes cuando regresan a México, particularmente en periodos como Semana Santa. Este fenómeno, conocido como “turismo de nostalgia”, representa mucho más que simples visitas familiares. Es una inyección directa de recursos a economías locales que, en muchos casos, no forman parte de los grandes circuitos turísticos.
Vale la pena mencionar que de esa forma el migrante se convierte en un actor importante en el contexto nacional, porque, por ejemplo, se tienen datos importantes que señalan que durante este periodo de Semana Santa de 2026 la derrama económica nacional pudo haber superado los 300 mil millones de pesos, consolidando así la recuperación total de la industria turística y comercial, tras los desajustes operativos de años anteriores.
Este dato es muy importante porque dentro de ese volumen económico la participación del migrante tiene un peso estratégico y diferencial en el país.
El impacto se extiende en todo México. A diferencia del turismo convencional, el migrante consume en fondas, mercados, talleres y pequeños comercios. Su gasto no se concentra en cadenas comerciales grandes, sino que va directo a las micro, pequeñas y medianas empresas, fortaleciendo economías comunitarias y generando empleo local.
En estados con alta tradición migrante este retorno le da vida temporal a la dinámica económica, convirtiéndose en un auténtico motor de desarrollo en cada comunidad.
Además, este flujo de dinero tiene carácter social porque activa el consumo y también preserva tradiciones, provoca festividades y fortalece las comunidades. El migrante, aparte de regresar a gastar, regresa a pertenecer.
Por ello creo que las declaraciones de la Presidenta adquieren una dimensión distinta en este 2026, porque no solo es un mensaje político, sino un reconocimiento a una realidad económica y social real que deja ver que los migrantes sostienen comunidades, dinamizan economías y mantienen vivo el vínculo con México, incluso a miles de kilómetros de distancia.
El país debe entender que debemos defender la dignidad de los migrantes pues detrás de cada visita en Semana Santa, de cada peso gastado en el pueblo de origen, hay una historia de esfuerzo que merece un lugar especial en la política del país.
