ROMAN BOCK
Siempre lo he dicho, en México la migración mexicana hacia Estados Unidos siempre fue tratada como un fenómeno inevitable, pero pocas veces como una responsabilidad.
Pero hoy, bajo el liderazgo de nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum, el país enfrenta una nueva etapa que tiene que ver con tratar de entender por qué se van millones de mexicanas y mexicanos y de cómo protegerlos cuando están fuera.
Hay que decirlo con claridad: la política migratoria enfocada en los connacionales en el exterior exige estructura, estrategia y, sobre todo, voluntad política. Y en ese terreno, la actual administración ha dado pasos que merecen ser reconocidos.
La Presidenta ha sostenido un mensaje firme en un momento particularmente adverso. Frente al endurecimiento del discurso en Estados Unidos, ha sido clara al rechazar la criminalización de los migrantes mexicanos.
Afirmar que quienes migran lo hacen por necesidad y no por vocación delictiva no es un posicionamiento menor; es una defensa directa de millones de familias que han construido su vida lejos de su país de origen.
Pero más allá de lo que la Presidenta diga, lo relevante está en las acciones que ha emprendido. La articulación de una red de más de dos mil 600 abogados para la defensa de mexicanos en riesgo de deportación marca un punto de inflexión.
Durante años, la protección consular fue limitada y reactiva; hoy se observa un esfuerzo por anticiparse, por generar condiciones reales de defensa jurídica.
A esto se suma la implementación de herramientas tecnológicas como una aplicación con botón de alerta, que permite a los migrantes mexicanos notificar a consulados y familiares ante una posible detención. Este tipo de mecanismos no solo modernizan la política exterior, sino que generan certidumbre en momentos de alta vulnerabilidad.
También es importante destacar la postura de “colaboración sin subordinación” frente a Estados Unidos. En un entorno donde la presión política es constante, México ha logrado mantener una relación funcional sin renunciar públicamente a la defensa de sus ciudadanos.
Esto no es menor, implica negociar, contener y, al mismo tiempo, sostener una narrativa de respeto. Por supuesto, existen tensiones.
Las deportaciones y el endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos siguen siendo una realidad que golpea directamente a las familias mexicanas.
Ninguna estrategia nacional puede, por sí sola, revertir decisiones soberanas de otro país. Sin embargo, lo que sí puede hacer es acompañar, proteger y representar con dignidad. Justo lo que hoy se hace
Desde estados como Tamaulipas, donde también el trabajo del doctor Américo Villarreal se ha sumado a estas acciones, se ha entendido que no todo está resuelto y además se están construyendo herramientas que antes no existían. Se está pasando de una política reactiva a una política de protección activa, una política humanista.
Y en política pública, especialmente cuando se trata de la vida de millones de mexicanos en el exterior, avanzar con dirección, con firmeza y con sentido humano es necesario y es indispensable.
Porque al final, más allá de las estadísticas, lo que está en juego es algo mucho más profundo: la dignidad de quienes, aun lejos, siguen siendo parte de México.
