RAYMUNDO LARA RUIZ
El ser humano siempre ha sentido la necesidad de etiquetar o denominar todo, para bien o para mal. Buscamos encerrar en unas pocas palabras todo un cúmulo de características, cualidades o defectos, y ni la misma sociedad se salva de ello.
Yuppies, hipsters, godínez, ninis, chavorrucos, fresitas, emos, entre muchos otros motes, son ejemplos de términos creados para resaltar o denostar ciertos rasgos de los grupos sociales a los que se les ha asignado ese nombre.
Una de las formas más comunes de clasificar socialmente es por edades. Según el año de nacimiento, las personas han sido agrupadas de cierta manera.
Por ejemplo, los baby boomers, nacidos entre 1946 y 1964, recibieron ese nombre porque al regresar los soldados estadounidenses a su país después de la Segunda Guerra Mundial, se produjo un boom de nacimientos.
Luego tenemos a la Generación X, de 1965 a 1980, de la cual formo parte. A este grupo se le describe como una generación con una identidad menos definida que la de los baby boomers.
Continuamos con los millennials o Generación Y, nacidos entre 1981 y 1996, llamados así porque alcanzarían la adultez alrededor del año 2000, coincidiendo con el inicio del nuevo milenio.
Y si tenemos las generaciones X y Y, lo más natural fue continuar con la Generación Z, que abarca de 1997 a 2012, término adoptado para referirse a quienes nacieron en plena era digital.
Por último, está la Generación Alpha, integrada por quienes nacieron desde 2013 hasta la actualidad, aproximadamente.
La tecnología es una de las características más importantes que podemos tomar como referencia en cada generación, pues considero que es el factor que moldea gran parte de las dinámicas sociales y culturales de cada época.
En el caso de los baby boomers, aún convivían con aparatos basados en válvulas electrónicas (bulbos), aunque también fueron testigos de los grandes avances en la física moderna, como la consolidación de la energía nuclear, los primeros circuitos transistorizados y el inicio de la carrera espacial.
Mi generación, la Generación X, de la cual me siento honrado de pertenecer, vivió el auge de los semiconductores y el comienzo de la electrónica de consumo masivo. Durante esos años, la tecnología dejó de ser exclusiva de los laboratorios y comenzó a llegar a los hogares: televisores portátiles, grabadoras, consolas de videojuegos y los primeros microprocesadores marcaron una nueva era. De este periodo también proviene el famoso símbolo del “play”, representado por el triángulo, que se convirtió en un ícono universal del entretenimiento y la tecnología.
Con los millennials llegó el despegue del internet y la digitalización global. Esta generación adoptó un estilo de vida interconectado que rompió con las formas de comunicación, aprendizaje y trabajo de las generaciones anteriores, sentando las bases de la sociedad en red que hoy conocemos.
Estimado lector, si bien la vida (de una u otra forma) de los millennials hacia atrás (incluyendo a la Generación X y a los baby boomers) ya debería estar resuelta en su gran mayoría, es decir, con edades que van aproximadamente de 29 a 79 años, podríamos asumir que quienes estudiaron ya egresaron hace tiempo y, por lógica, cuentan con un ingreso económico más o menos estable o incluso ya se encuentran jubilados.
Sin embargo, esa no es la realidad de la Generación Z. Este grupo se encuentra en una etapa de transición crucial entre los estudios y la inserción laboral. Muchos de ellos aún cursan preparatoria o universidad, mientras otros comienzan a abrirse paso en un mercado laboral cada vez más competitivo y digitalizado.
Y es precisamente aquí donde la situación se vuelve interesante, pues son jóvenes que crecen entre la inteligencia artificial, la educación en línea y las redes sociales, enfrentando un mundo laboral que cambia más rápido que nunca; tanto es así, que lo que están estudiando puede resultar obsoleto al término de sus estudios. Ellos tienen que adaptarse más rápido a los cambios que nosotros, pues de eso dependerá su futuro.
Esta generación ha sido protagonista de acontecimientos que han marcado un antes y un después en la historia reciente. Un ejemplo claro es lo ocurrido en Nepal, donde la llamada Generación Z encabezó masivas protestas que terminaron con la renuncia del primer ministro. La causa inmediata fue la prohibición gubernamental de las redes sociales, pero el verdadero trasfondo fue la corrupción persistente y la falta de oportunidades económicas que durante años han afectado a la población.
Los gobiernos deben comprender este mensaje y escuchar a quienes hoy exigen un futuro diferente. Los políticos, en particular, deben entender que esta generación no se parece a las anteriores: los cambios ya no ocurren en décadas, sino en meses. En un mundo donde la tecnología vuelve obsoleto el conocimiento en cuestión de días, los jóvenes se ven obligados a adaptarse con rapidez y esperan la misma capacidad de respuesta de sus líderes.
¿Y en mi México lindo y querido podría pasar algo similar? Pues depende a quién se le pregunte, porque entre filias y fobias andamos. Por eso, la Generación Z debe estar muy atenta para que los políticos rancios no contaminen su forma válida de expresarse. Investigar, contrastar y validar antes de dar por cierto algo será siempre su mejor defensa ante la manipulación.
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Saludos.
