Encadenados al petróleo: el desafío de las energías limpias

RAYMUNDO LARA RUIZ

Cuando buscamos cambiar las cosas, a veces tomamos decisiones sin considerar todas las variables de la ecuación. Sólo cuando el cambio está en marcha nos damos cuenta de lo profundamente entrelazados que estamos con aquello que intentamos transformar. Así sucede con el petróleo y el anhelo de un mundo más verde: una lucha de fuerzas opuestas, un vínculo imposible de romper… y, sin embargo, necesario de desafiar.

Muchos sectores de la sociedad claman por el fin de nuestra dependencia del petróleo. Exigen un cambio radical: abandonar los combustibles fósiles y abrazar las energías limpias, como la solar o la eólica, que hoy dominan el discurso del progreso. Nos invitan a dejar atrás el motor de combustión para rendirnos ante el auto eléctrico, a sustituir el plástico tradicional por materiales derivados de fuentes naturales, a romper, de una vez por todas, con la sombra del petróleo. Pero ¿es realmente tan simple?

La fabricación de tecnologías «verdes», como los paneles solares y los autos eléctricos, requiere una gran cantidad de energía, lo que resalta la paradoja de la «transición energética». Por ejemplo, los paneles solares necesitan materiales como silicio, vidrio templado, aluminio, encapsulantes, cobre para cables, transporte y soldadura, lo que genera un consumo energético total de 300 kWh a mil 050 kWh por panel.

En cuanto a los autos eléctricos, su producción requiere una amplia gama de materiales y recursos: cables, tornillos, sujetadores, plásticos, aluminio, acero, cobre, litio, níquel, cobalto, grafito, neodimio, vidrio, aceites y líquidos, gases, adhesivos, sellantes, semiconductores, materiales compuestos, espuma, textiles, catalizadores y recubrimientos. Todos estos elementos son fundamentales para la fabricación del vehículo, desde la batería y el motor eléctrico hasta la carrocería e interiores. El consumo energético en la fabricación de un automóvil eléctrico puede variar entre 50 mil kWh y cien mil kWh, lo que equivale al consumo de un hogar durante diez años.

Qué fácil es tomar fotos, subirlas a la nube, dar «likes», pasar horas navegando o trabajar en línea, y ahora sumarle la creciente dependencia de la inteligencia artificial. Las nuevas generaciones, inmersas en la tecnología, exigen cambios desde las redes sociales sin notar que su mundo digital requiere un consumo energético descomunal. Como ejemplo, un simple clic en una publicación consume entre 0.02 y 0.2 watt-hora (Wh). Basta con hacer las cuentas para dimensionar el impacto: lo que muchos consideran un derecho (el internet) es en realidad una industria con una demanda energética colosal, sostenida en gran parte por fuentes no tan limpias.

Estimado lector, dejar de depender de los recursos fósiles es una prioridad, pero también es crucial reconocer que las industrias sostenibles actuales no pueden satisfacer, por sí solas, el ritmo y volumen de consumo que la sociedad exige. A pesar de los avances, aún dependemos de derivados del petróleo y otros recursos no renovables. La transición energética necesita una infraestructura más robusta, ya que la fabricación de paneles solares, autos eléctricos y otras innovaciones sostenibles sigue requiriendo litio, cobre, aluminio, plásticos y procesos industriales poco ecológicos.

Para un cambio real, es esencial fortalecer la industria verde, optimizar la producción, reducir el consumo masivo, evitar la obsolescencia programada, garantizar el derecho a reparar y fomentar un reciclaje auténtico, no solo el promovido por las industrias.

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