ASBEL MAR
Quiero creer que nunca es demasiado tarde para cambiar de opinión. ¿será realmente de sabios hacerlo? La opinión pública se caracteriza por ser indiferente a la individualidad, de hecho, es, por decirlo de alguna manera, la corriente que arrastra hasta a los que no quieren estar ahí.
Quiero decir que a pesar de haber creado un sentir completamente a la popular, solemos simplemente encontrar “los puntos buenos” de algo en lo que no estamos de acuerdo sólo para sentirnos más acompañados.
Y hablando de este tema tan particular, creía que, si bien no todos, la gran mayoría no apoyaba, no se sentía cómoda o no conectaba con la tendencia de los “live action” de clásicos. Una vez más la sociedad se comporta justamente como no espero que lo harán, demuestran que no son algo fácil de medir.
Ahora sí, hablemos de Lilo y Stitch, la propaganda blanca y colonizadora.
Paremos ahí, se escucha un poco demasiado ¿no es así? Si les soy sincera desde que a todos pareció encantarles justo cuando venimos truncando los números millonarios de estas entregas, me pareció extrañamente conveniente.
Digo, es un personaje bastante querido, parecía sólo revivir esa nostalgia adulta que golpea justo donde debe para crear una nueva ola de mercancía, fiestas temáticas, promocionales y ya. Simple capitalismo y consumismo del normal, del de siempre, al que estamos acostumbrados. Pero no. Nunca será tan sencillos, ni tan simple.
Hace años que nuestro país está siendo profundamente afectado por la gentrificación, término que se define de la siguiente manera: “Proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo”. ¿Les suena?
Esto es algo que ya había pasado antes, que nunca ha dejado de ocurrir; hace unos meses el tema fue total tendencia en redes gracias al nuevo álbum de Bad Bunny, donde confesaba el temor que tenía de que su país sufriera lo “que le pasó a Hawái”.
Verdad que muchos ignorábamos (o queríamos ignorar), estrenan una película ambientada en este país, que además de tomarse bastantes libertades creativas al clásico original deciden introducir de poco a poco mensajes, sutilmente, no imperceptibles, pero sí normalizado: “Los extranjeros vinieron a hacerlo mejor”, “lo arreglaron”, “es mejor con nosotros aquí”.
No es que yo quiera meterme en estas cuestiones políticas, les invito a leer y a estudiarlo con detenimiento si les interesa, sin embargo, caer en esta propaganda tan bien trabajada me hizo sentir responsable de al menos escribir al respecto. Muchas veces escuchamos cosas como: “con los niños no”. Pues pongamos atención, este es el verdadero adoctrinamiento.
No voy a juzgar a nadie que haya disfrutado la película, cuando la vi, también pagando en una cadena multinacional, también consumiendo sus productos, la disfruté bastante. Me reí, me tomé fotos, conté emocionada algunas de mis partes favoritas.
Aquí es donde entra justamente el consumo responsable, hace unos meses leí de un colega de El Espectador que lo que consumimos digitalmente también determina lo que somos. No vamos a dejar de consumir basura, eso está claro, pero ¿por qué no nos damos el espacio de analizarlo?
Sabemos que la trama principal en la que gira la película original es ser diferente, estar incompleto, roto, y buscar el consuelo de la comprensión, amistad y familia. No es que esto no se haya tocado en el “live action”, creo que simplemente no pudo trabajarse por completo porque estaban muy ocupados mostrándonos que lo mejor que puedes hacer es entregar a las infancias al Estado, aun cuando este no proporciona ninguna alternativa de protección al menor para no alejarle de su familia, que la policía del país realmente se preocupa por sus ciudadanos.
Que los únicos personajes que parecen ser hawaianos reales son los protagonistas, porque el resto del elenco son personas blancas disfrutando del turismo… sin ningún propósito aparente. Solo para recordarnos que están, que existen, que no se irán. Y que si por ellos fuera, la película se trataría de ellos.
Nadie nos puede obligar a consumir, o no, nada, sólo por sus debates moralistas que los hagan sentir mejor. Mi propósito no es decirles qué sí y qué no pueden hacer, pero nunca está de más analizar hasta los más pequeños detalles de lo que nos rodea.
El verdadero proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo crimen, es no crear propuestas que nos ayuden a cambiar el mundo, aun si es poco a poco. Espero seguir leyéndonos la próxima semana.
