La pirotecnia, un peligro silencioso

ANGEL CAMACHO

En las asociaciones animalistas en las que tengo el gusto de participar se ha observado un aumento sostenido en la pérdida de mascotas como consecuencia del uso de fuegos artificiales y cohetes.

Aún más alarmante es el reciente caso que ha generado gran conmoción: el ataque de una perrita pitbull a una bebé en la colonia Revolución Verde, en Ciudad Victoria, Tamaulipas, hecho que terminó en el sacrificio del animal, cuando resulta evidente que la responsabilidad recae en los vecinos y peregrinos que detonaron cohetes esa tarde.

Por ello, desde esta columna reiteramos el llamado a la responsabilidad y a la empatía de la ciudadanía, invitando a rechazar la pirotecnia y explicando, en esta nota, las razones desde la perspectiva de la salud pública.

Con la llegada de celebraciones como Navidad, Año Nuevo y festividades patronales, como las peregrinaciones a la Virgen de Guadalupe y demás santos de la Iglesia católica, el uso de pirotecnia se vuelve una práctica común en muchas comunidades.

Para muchas familias estos estallidos representan tradición y fiesta; sin embargo, para miles de mascotas, significan miedo, desorientación, agresividad, peligro físico y un profundo estado de estrés.

Organizaciones protectoras, veterinarios y cuerpos de rescate han advertido desde hace años sobre los efectos nocivos que los fuegos artificiales tienen en los animales, especialmente en perros y gatos, quienes poseen sentidos mucho más sensibles que los de los seres humanos.

Hiperaudición, la causa del terror

Los animales domésticos tienen un rango auditivo más amplio y sensible. Un estruendo que para un humano puede ser molesto, para un perro puede equivaler a un sonido avasallador que lo lleva a entrar en pánico.

Un petardo puede superar los 150 decibeles, un nivel similar al de un arma de fuego, y muy por encima del umbral seguro para los animales.

Este impacto auditivo puede desencadenar:

  • Temblores, jadeos y llanto.
  • Taquicardia y elevación del cortisol.
  • Diarrea, vómitos y salivación excesiva por estrés.
  • Conductas destructivas o agresivas.
  • Episodios de ansiedad severa y ataques de pánico.
  • En casos extremos, especialmente en animales geriátricos o con padecimientos cardíacos, los estruendos pueden derivar en crisis graves e incluso llegar a provocar la muerte.

Fuga y extravío, la otra cara del problema

Cada año, asociaciones de rescate registran un aumento de animales extraviados, así como ataques a la población durante las festividades en que se usa pirotecnia. El terror hace que muchas mascotas intenten escapar para “huir” del ruido.

Se han documentado casos de perros que saltan bardas, rompen mallas, se sueltan de correas o incluso atraviesan puertas y ventanas, y lo más lamentable que ataquen incluso a sus propios dueños.

Este impulso de escape es uno de los mayores factores de pérdida de mascotas, y algunos no logran volver a casa. Refugios y albergues reportan que, durante estas fechas, el número de animales que llegan extraviados aumenta hasta en un 30 a 50 por ciento en algunas ciudades.

Afectaciones físicas más allá del ruido

Aunque el aspecto emocional y auditivo es el más evidente, la pirotecnia también genera riesgos físicos directos:

Quemaduras y lesiones por contacto. Curiosos por naturaleza, algunos animales pueden acercarse a cohetes encendidos, restos humeantes o mechas sin apagar. Esto provoca quemaduras en patas, hocico y ojos.

Inhalación de humo y sustancias químicas. Los fuegos artificiales liberan partículas tóxicas, como metales pesados (aluminio, cobre, estroncio) y compuestos irritantes. En animales con problemas respiratorios, como perros braquicéfalos, el riesgo se multiplica.

Irritación ocular y de mucosas. Las partículas suspendidas pueden causar enrojecimiento, lagrimeo y molestias en ojos, nariz y garganta.

Impacto emocional a largo plazo. El uso continuo de pirotecnia puede generar agresividad, y fobias permanentes en las mascotas. Muchos animales desarrollan miedo crónico a ruidos fuertes como truenos, motores, puertas o caídas de objetos. Esto afecta su comportamiento, su calidad de vida y su relación con la familia.

Además, la ansiedad severa sostenida puede contribuir al desarrollo de trastornos conductuales como agresividad, hiperactividad o dependencia emocional.

Medidas preventivas recomendadas

  • Para proteger a las mascotas durante temporadas de pirotecnia, especialistas sugieren:
  • Mantener a los animales al interior del hogar, en una habitación cerrada y segura.
  • Colocar música, televisión o ruido blanco para amortiguar los estallidos externos.
  • Identificar al animal con placa, collar y microchip.
  • Asegurar puertas y ventanas para evitar fugas.
  • Utilizar herramientas calmantes como feromonas sintéticas, juguetes interactivos, premios relajantes o mantas de presión.
  • Evitar regañarlos si muestran miedo; esto incrementa el estrés.
  • Si el animal presenta ansiedad severa, consultar al veterinario para posibles tratamientos, como ansiolíticos de uso controlado.

Un problema que exige conciencia social

Aunque el impacto se nota especialmente en mascotas, no son los únicos afectados: bebés, personas mayores, pacientes con trastornos sensoriales y personas con autismo también sufren los efectos negativos del ruido explosivo.

Cada vez más municipios en México han comenzado a regular o prohibir el uso de pirotecnia sonora. Organizaciones animalistas impulsan campañas para sustituirla por alternativas visuales, como espectáculos de luces sin ruido o drones luminosos, que permiten celebrar sin poner en riesgo a los animales.

La pirotecnia puede ser parte de la tradición, pero su impacto en la salud física y emocional de las mascotas es grave y muchas veces invisible para el público. Para que las celebraciones sean verdaderamente festivas, es necesario promover prácticas más seguras, responsables y empáticas con los animales que forman parte importante de nuestras familias.

Esta nota está dedicada a la perrita Luna y a la bebé, que por respeto a la familia omitiremos su nombre. Que en paz descansen.

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Y recuerden amigos, en Salud Pública: “Es mejor prevenir… que curar”.