ANGEL CAMACHO
- Un problema emergente de salud pública
En los últimos días se ha informado sobre el incremento de casos de violencia en el entorno escolar, esto tras la golpiza recibida por un menor de edad del CBTIS 24 de Ciudad Victoria.
El incremento de peleas entre estudiantes en distintos planteles educativos del estado no solo representa un problema disciplinario o escolar, sino que debe analizarse como un asunto de salud pública que impacta directamente en el bienestar físico, mental y social de niñas, niños y adolescentes.
La violencia escolar, incluyendo riñas físicas, acoso y agresiones difundidas en redes sociales, genera consecuencias que van más allá del momento del enfrentamiento. Desde el punto de vista sanitario, puede provocar lesiones físicas, traumatismos, fracturas y contusiones; pero también secuelas psicológicas como ansiedad, depresión, estrés postraumático, aislamiento social y conductas de riesgo.
La Organización Mundial de la Salud reconoce la violencia juvenil como un problema global que afecta la salud pública, ya que incrementa el riesgo de consumo de sustancias, abandono escolar, conductas delictivas y enfermedades crónicas relacionadas con el estrés.
Asimismo, la Secretaría de Salud, afirma que la adolescencia es una etapa crítica para el desarrollo emocional y conductual. La exposición constante a entornos violentos puede alterar el desarrollo neurológico y aumentar la probabilidad de problemas de salud mental a corto y largo plazo.
En Tamaulipas, la difusión de peleas a través de teléfonos celulares y redes sociales amplifica el daño psicológico, ya que la humillación pública y el ciberacoso prolongan el impacto emocional sobre las víctimas.
Factores de riesgo identificados
Desde la perspectiva de salud pública, las peleas entre estudiantes pueden estar relacionadas con:
- Déficit en habilidades socioemocionales.
- Entornos familiares con violencia o falta de supervisión.
- Exposición constante a contenidos violentos en medios digitales.
- Problemas de salud mental no detectados oportunamente.
- Falta de programas preventivos sostenidos dentro de las escuelas.
La violencia escolar también genera un efecto colectivo: afecta la percepción de seguridad, incrementa el ausentismo y deteriora el clima escolar, lo que repercute en el rendimiento académico y en el bienestar general de la comunidad educativa.
Especialistas señalan que la solución no debe centrarse únicamente en sanciones disciplinarias, sino en estrategias preventivas interinstitucionales que involucren a autoridades educativas, sector salud y familias.
Entre las acciones recomendadas se encuentran:
- Implementación de programas de educación socioemocional desde nivel básico.
- Presencia de psicólogos y orientadores capacitados en los planteles.
- Detección temprana de signos de depresión, ansiedad o conducta agresiva.
- Campañas de sensibilización sobre el impacto del ciberacoso.
- Participación activa de padres y madres en talleres de crianza positiva.
El abordaje desde la salud pública implica comprender que la violencia no es un hecho aislado, sino el resultado de múltiples determinantes sociales. Atenderla de manera preventiva puede reducir no solo las lesiones inmediatas, sino también las consecuencias a largo plazo en la salud mental y social de toda una generación.
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Y recuerden amigos, en Salud Pública: “Es mejor prevenir… que curar”.
