ASBEL MAR
No sé cuándo comencé a ver niños influencers.
Eso me gustaría decir al menos, asegurarles que es un fenómeno que nació con el internet y que, a pesar de su dañina existencia, pasará con todas las demás. Pero estaríamos mintiéndonos. Yo por escribirlo, ustedes por leerlo.
Sobre todo, cuando conocemos el peso de la realidad: las infancias en la industria y el dolor que viven; y que esto ha estado pasando por décadas.
¿En qué momento de nuestra vida comenzamos a ser nosotros? ¿Cuándo nos separamos de nuestros padres y nos convertimos en seres independientes, con su propia esencia? Podríamos creer que desde la infancia estamos destinados y definidos para lo que seremos toda la vida, por supuesto que esto es un mito (y uno pésimo, por cierto). Los primeros años de nuestra vida la usamos para imitar y descubrir. Conocer quiénes somos. Bajo esta lógica también es el momento donde somos más volubles y la atención puede pesar más que la convicción.
No es difícil convencer a un infante. No es difícil exponerlo. No es difícil descuidarlo.
Y no se trata de señalar culpables, sin embargo, aunque fuera el caso donde no tenemos una infancia a nuestro cuidado o alrededor, que sucede que ninguna niña o niño es cercano a nosotros, no significa que el cuidado de sus vidas y el respeto de su integridad no es nuestra responsabilidad. Todos los adultos de la sociedad tenemos una responsabilidad inmediata e inminente con las nuevas generaciones. Protegerlos es indispensable.
Gracias al poder del entretenimiento masivo quizá hemos dejado pasar esto, me incluyo cuando digo que nunca vi peligroso ver actuar niños en series o películas, escuchar sus voces infantiles ir madurando con sus personajes, jamás sentí que estuvieran en peligro. Tan equivocada estaba.
Lamentablemente no podemos cambiar el pasado, la industria y los medios han herido una cantidad innombrable de infantes. Quienes quizá solo tenían un sueño que persiguieron tan de cerca que ya no pudieron volver atrás, que estaban tan envueltos que alejarse parecía un error. ¿Es porque así lo quisieran? O más bien se debe a que su identidad, su personalidad y su vida se ha basado únicamente en esos papeles que hicieron antes de siquiera aprender a hablar.
No podemos corregirlo, aunque siempre podemos prevenirlo.
El surgimiento de los niños influencers parece ser una evolución de los niños artistas. No es que ahora no haya de ambos, que también actúen menores de edad, adolescentes, infantes, bebés.
Pero la exposición inmediata que las redes sociales dan, el alcance en segundos a millones sin ningún tipo de regulación, amenaza con convertirse en la nueva era oscura de la industria.
Decidir no consumir ni compartir contenido con menores de edad (sobre todo en redes) es un acto de revolución amorosa para las nuevas generaciones. No permitir que nuestras infancias se sobreexpongan en internet es una forma de amor. De protección.
Al fin y al cabo, es imposible decidir quiénes consumirán qué cosa, cuándo y cómo lo harán, a pesar de esto, no contribuir a que los niños y niñas se conviertan en un número más o en un producto consumible es aportar a la solución, no seguir propiciando el surgimiento de los mal llamados “niños influencers”.
Espero que podamos seguir leyéndonos la próxima semana.
