RAYMUNDO LARA RUIZ
Hay un dicho que dice: «Somos lo que consumimos», y es tan cierto que no sólo aplica a la comida. Si sólo ingerimos productos ultraprocesados, con el tiempo nuestro cuerpo no podrá manejar tanta basura química, generando enfermedades como hipertensión, diabetes y colesterol alto. Esta tríada, antes común en adultos mayores, hoy afecta también a adolescentes.
Podemos ubicar los inicios de la tecnología moderna con la popularización de la computadora personal (de ahí el término PC). Tener una era casi sinónimo de genialidad, pues su manejo requería cierto nivel técnico. Con el tiempo y gracias al desarrollo de microchips más pequeños y potentes, surgieron nuevas aplicaciones como los videojuegos. Desde el clásico pinball hasta la llegada de consolas como Atari, Nintendo o PlayStation, la industria creció vertiginosamente.
Esta evolución no sólo transformó el entretenimiento, también impulsó el desarrollo de hardware. Tan fuerte fue su impacto que, en el año 2000, el Departamento de Defensa de Estados Unidos utilizó 336 consolas PlayStation 2 para construir una supercomputadora experimental, debido a su bajo costo y buen rendimiento. Así, el consumo masivo empujó el avance tecnológico.
Estimado lector, no podemos negar que el desarrollo tecnológico va de la mano con el consumo. Pero ese avance también ha traído consecuencias preocupantes. Hoy se habla de una pandemia silenciosa causada por el uso excesivo de dispositivos digitales. Si antes la tríada del deterioro corporal era hipertensión, diabetes y colesterol, ahora enfrentamos otra que afecta la mente: ansiedad, déficit de atención y brainrot.
La ansiedad y el déficit de atención son bien conocidos, sobre todo en el ámbito educativo, pero el término brainrot (literalmente “pudrición cerebral”) ha ganado fuerza. Aunque no es un diagnóstico clínico formal, describe la pérdida de capacidad de concentración, pensamiento profundo y análisis crítico. Esta “atrofia cognitiva moderna” se asocia al consumo constante de contenido superficial, como videos cortos, memes o estímulos digitales fragmentados.
Quienes muestran signos de brainrot presentan fatiga mental, pérdida de motivación, dificultad para leer o reflexionar, y dependencia del estímulo inmediato. No es una enfermedad en sí, pero sí una señal de que la mente está sobrecargada y desnutrida digitalmente.
En conclusión, vivimos en una era donde la tecnología ha transformado nuestras vidas. No se trata de rechazarla, sino de hacer un uso consciente. Así como aprendimos a cuidar lo que comemos, debemos aprender a cuidar lo que consumimos digitalmente. La información puede nutrir o deteriorar, y la elección está en nuestras manos.
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¡Saludos y hasta la próxima!
