RAYMUNDO LARA RUIZ
El siglo pasado fue testigo de dos grandes conflictos bélicos conocidos como la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
El cine, a lo largo de las décadas, no ha dejado de romantizar estos eventos, presentando héroes que, en el último momento, logran vencer al enemigo japonés o alemán.
Sin embargo, por más fiel que sea una película a los hechos reales sigue siendo solo una representación, una historia que podemos pausar o continuar cuando queramos. La guerra real, en cambio, no ofrece esa posibilidad.
De las dos guerras mundiales la que más huella ha dejado en el presente es la segunda, ya que de ella surgieron muchos de los modelos económicos y políticos que estructuran el mundo actual.
El triunfo de los aliados sobre las potencias del eje dio origen, con el tiempo, a la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, así como a conflictos derivados como la guerra de Vietnam, la de Corea y muchas otras tensiones que marcaron el siglo XX.
En ese conflicto hubo un pueblo que fue cruelmente perseguido por el pintor austríaco Adolf Hitler, quien consideraba que ellos eran la causa de todos los males del mundo.
Intentó exterminarlos por todos los medios posibles, pero, afortunadamente, no lo logró.
La victoria de los aliados permitió que Alemania se rindiera, lo que salvó al pueblo judío de ser completamente aniquilado.
Después de la guerra a este pueblo se le asignó un territorio en Oriente Medio, en una región donde existía ya un pueblo ancestral llamado Palestina.
Con el tiempo, los papeles se invirtieron: quienes antes fueron víctimas se convirtieron también en actores de un prolongado conflicto, pues la disputa entre israelíes y palestinos se ha transformado en uno de los focos de tensión más persistentes del mundo moderno, avivando nuevamente los tambores de la guerra.
Estimado lector, hoy en el mundo existen numerosos conflictos bélicos y no podemos minimizar ninguno, pues siempre resulta trágica la pérdida de vidas humanas.
Sin embargo, hay uno que me preocupa especialmente: la Unión Europea, y de manera más directa la OTAN, están perfeccionando su tecnología militar, preparándose (aparentemente) para un nuevo enfrentamiento contra Rusia y sus aliados.
Esto debe preocuparnos porque da la impresión de que algunos gobiernos europeos se han cansado de la paz y comienzan a coquetear nuevamente con la guerra.
Además, del otro lado del océano, el inquilino de la Casa Blanca parece estar desestabilizando el continente americano.
Ha desplegado buques militares en las costas venezolanas, ha destruido embarcaciones con tripulantes bajo el argumento de combatir el narcotráfico y, dentro de su propio territorio, ha impulsado discursos xenofóbicos hacia quienes no son de piel blanca ni de origen europeo.
Y como dijo el presidente Porfirio Díaz: “¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.”
Por desgracia, nuestra economía está profundamente vinculada a la de ese país.
Una de las grandes fortalezas del mexicano es su capacidad de adaptación: puede resistir y sobrevivir incluso en las condiciones más adversas.
Se cuenta que durante la intervención francesa, los soldados europeos no entendían por qué no podían alcanzar a los mexicanos.
Creían que en algún momento se detendrían para comer, pero el mexicano, montado en su caballo, se alimentaba de tunas y nopales crudos y continuaba su camino sin descanso.
México es un pueblo mayoritariamente mestizo y esa mezcla de sangres y culturas debe ser nuestra mayor fuente de fortaleza.
Nos corresponde ahora alcanzar la independencia tecnológica y energética, porque solo así podremos resistir las crisis que se avecinan y mantenernos firmes frente al desatino de los líderes de las potencias hegemónicas, que podrían llevar al mundo a una nueva catástrofe global.
Si te gustó la lectura, compártela para que cada vez seamos más los interesados en la tecnología y la sociedad. Saludos.
