- Serie: La Política (V)
JUAN R. GIL
En esta quinta entrega me adentro en una de las regiones más complejas, transformadas y conflictivas del noreste mexicano: la Ribereña de Tamaulipas, también conocida como la frontera del norte. Un territorio marcado por las heridas del tiempo, la colonización y el olvido.
La riqueza cultural del estado es vasta, digna de análisis y profundo estudio. Por ello, propongo en estas líneas una breve pincelada a su transformación a través de los siglos, con énfasis en el periodo previo a la llegada europea.
La región ribereña se extiende desde Nuevo Laredo hasta la Heroica Matamoros, con municipios clave como Guerrero, Mier, Miguel Alemán, Camargo, Gustavo Díaz Ordaz, Reynosa, Río Bravo y Valle Hermoso. Cada uno posee su historia particular, pero me enfocaré en elementos comunes que los hermanan desde antes de su colonización y fundación.
Mucho antes de la llegada de los españoles por el sur y de los ingleses por el norte, esta vasta región era habitada por dos grandes etnias hoy extintas: los Carrizos y los Apaches. Ambas se movían en el territorio de lo que hoy es Texas y el norte de Tamaulipas.
Los Carrizos
Según evidencias arqueológicas, pinturas rupestres y tradiciones orales, su organización era sencilla y basada en la familia. No contaban con jerarquías ni estructuras políticas, como los olmecas. Delegaban el liderazgo a los miembros más capaces dentro de sus clanes, enfocados en la recolección de plantas medicinales, la caza y la pesca.
Los hallazgos muestran huesos tallados como anzuelos y fibras vegetales usadas como sedales. Sus viviendas eran móviles: estructuras ligeras de ramas y pieles de venado, al igual que su vestimenta. Aunque no eran guerreros, sabían defenderse con lanzas, arcos y flechas rudimentarias.
Convivencia con los Apaches
Sus vecinos del norte, los Apaches, eran expertos en el arte de la guerra. A pesar de estas diferencias, se mantuvo una convivencia respetuosa. No se tienen registros de guerras entre ellos; al contrario, hubo intercambio de conocimientos, especialmente en medicina natural. Ambas culturas, aunque seminómadas, conocían sus territorios y se desplazaban sin invadir ni violentar a los otros.
Todo cambió con la llegada de los colonizadores anglosajones, aunque eso es materia para otra reflexión. Lo cierto es que tanto Carrizos como Apaches sufrieron el embate de la colonización y la fragmentación de su mundo.
Comprender a Nuevo Laredo, Reynosa o Matamoros exige mirar más allá de la narrativa hollywoodense o los corridos de pistoleros. La frontera tamaulipeca tiene una historia que comenzó mucho antes de la caída de Santa Anna o la pérdida de Texas.
Organización y sabiduría apache
La sociedad apache se organizaba en bandas, grupos autónomos conformados por familias extensas. El liderazgo se ganaba por mérito: respeto, capacidad de diálogo, autocontrol y destreza en combate. No era hereditario, cualquiera podía aspirar a guiar si demostraba esas cualidades.
Hoy día, cuánto valor tendría ese perfil en nuestra política actual.
Ser apache no era un privilegio, era un honor. Su riqueza consistía en el conocimiento de las plantas silvestres y la caza del búfalo. Este saber los conectaba con Carrizos y Coahuiltecos (Etnia madre de la que provienen los Carrizos) mediante un sistema de trueque donde intercambiaban pieles, raíces y sabiduría ancestral. Las mujeres jugaban un papel vital en la recolección.
A diferencia de los Carrizos, que vestían piel de venado, origen de la cuera tamaulipeca, los Apaches usaban pieles de búfalo, un contraste que hoy sobrevive con las chamarras invernales que el tamaulipeco busca en el llamado “McAllenazo”.
Las cabalgatas
Los Apaches fueron también de los primeros en montar caballos, algo que seguramente maravilló a sus vecinos y fomentó un nuevo intercambio cultural. No sería descabellado imaginar cabalgatas entre jefes de tribus y ver en esa interacción los primeros trazos de lo que más tarde sería la charrería y el jaripeo.
El fin de una alianza ancestral
Lamentablemente, en el siglo XIX, los Lipan Apache se unieron a la República de Texas y lucharon contra sus antiguos aliados: los Carrizos mexicanos y los Comanches, estos últimos rama cercana de su propia etnia.
Curiosamente, “Apache” significa “enemigo” en lengua zuñi, y en el argot francés del siglo XX se usaba para describir a un “rufián parisino”. Un término que ha evolucionado tanto como su historia.
Por su parte, el nombre “Carrizos” fue el apelativo español dado a diversos grupos coahuiltecos que habitaban las riberas del río Bravo, rodeados de cañas y vegetación densa. Hoy día, sobrevive un intento por preservar esa memoria a través de la organización Carrizo/Comecrudo Nation of Texas, Inc., que busca rescatar su lengua, cultura y tradiciones entre los descendientes de ambos lados del río.
Es triste no poder cerrar con una frase en su lengua original, pues esta se perdió entre la colonización, el mestizaje y el tiempo. Pero sí me despido con la picardía de don Eulalio González Ramírez, “El Piporro”, luciendo la inigualable cuera tamaulipeca:
“La mamá de Rosita, mujer de antes,
Se encargaba de remendar los calcetines
Y el calzón del viejo
que salió muy lumbre pa’ la ropa.
No sabía hacer más gracia
que estar senta’o.
Le decían ‘el minero’:
Tenía oro en la boca,
Plata en las sienes
Y plomo en las patas.”
Feliz inicio de labores, nos leemos la próxima semana.
