ASBEL MAR
Puedes convertirte en figura pública. Así es, tú, yo y cualquiera en el mundo puede pasar de ser una anónima presencia, con una vida cotidiana y tranquila, a ser un influencer. A tener las cámaras encima acosándote sobre cada pequeño detalle de tu vida personal. Y lo mejor de todo es que no necesitas llenar casi ningún requisito.
Como le veníamos tocando la semana pasada, el morbo mediático vende muchísimo más que cualquiera de los talentos que tengamos, siempre y cuando tu vida venda el suficiente fetiche por ver estás asegurándote un puesto entre los números más altos de las redes sociales. ¿Está mal? Cuestionable, diría yo, pero ¿Qué cosa no lo es?
Y no es que me atreva a juzgar decisiones ajenas, cada uno sabe qué hace con su vida y lo que está dispuesto a pagar por vivir ese sueño. Sin embargo, imaginemos que no es así, que tu entorno social, cultural y económico te orilla a creer que así lo quieres; es más, tú mismo no tienes las herramientas intelectuales para darte cuenta del circo mediático que han montado a tu alrededor y como poco a poco todos se cuelgan de ello hasta lastimar lo más vulnerable que tienes: tu hija.
Podrán imaginarse del tema que pienso tocar, nunca he sido muy partidaria de nombrar explícitamente a los involucrados y esta no será la excepción. No se trata de darle más foco a este tema, el propósito siempre será analizar de dónde nace y cómo podemos hacerlo mejor.
Por si no lo saben recientemente la bebé recién nacida de una influencer, con una evidente discapacidad intelectual, fue ingresada en el hospital por lo que se dice ser negligencia infantil. Y los comentarios, más que demostrar empatía, genuina preocupación por el estado de la menor o por lo menos algo de humanidad, se alegran de la situación.
Casi se regocijan de sentirse profetas por haber premeditado que esto iba a suceder. Decidiendo despectivamente, influenciados por otros que dicen ser más inteligentes, que las personas de escasos recursos, con discapacidad o que simplemente no cumplen con sus estándares no deberían tener hijos.
Y regresamos al principio. Permitir que ajenos opinen de nuestra vida y circunstancias es el precio que pagamos por la fama. Tampoco nos confundamos, el cuidado y protección de las infancias debe ser por encima de todo nuestra prioridad. Claro que las autoridades correspondientes deberían atender el caso de ser necesario, darle un seguimiento adecuado y resguardar a los seres más vulnerables de la situación.
Por supuesto que nada de eso hicimos.
Nos dedicamos a la ridiculización de la situación, a lanzar comentarios sobre quiénes sí, y, quiénes no, deberían tener hijos; nos volvimos clasistas, capacitistas y nos llenamos de orgullo cuando nos apoyaron. No conforme con eso, y como si este no fuera un espectáculo alimentado del morbo y el fetichismo, la señora esposa del gobernador de Nuevo León decide lanzar un comunicado respecto al tema… Por una historia de Instagram.
¿Era necesario que una “autoridad” hablara? Sí. ¿Fue el momento y el medio adecuado? Personalmente: No.
Nos inyectan de información, los medios de comunicación deciden grabarla en los momentos más vulnerables, nos envuelven con sus títulos amarillistas, con sus preguntas sensacionalistas y nos dicen qué veamos. Y no decimos que no.
Siempre es terrible cuando la burla de los medios digitales alcanza tal magnitud a terminar en daños físicos reales, casi irreversibles. ¿Hasta dónde tenemos el poder de empujarlo? Somos, tal cual como lo leí de un colega de El Espectador, lo que consumimos, eso incluye el contenido digital basura.
Porque otra historia sería si esto no lo hubiéramos convertido en un absurdo debate de quién sí y quién no, en si tengo la razón o si hago la broma más graciosa o si me apoyo del sesgo colectivo. Esto debería tratar de abrir la mente, expandir nuestra visión y romper esa burbuja de privilegios que parece seguir nublando nuestro juicio.
Gracias por llegar hasta aquí y espero seguir leyéndonos la próxima semana.
