JUAN R. GIL
- De Atenas y el mar Rojo a Tamaulipas, la política como vocación del hombre y del pueblo
Desde que el ser humano dejó comenzó a unificar esfuerzos para la cacería, para formar clanes, tribus y dejar de ser nómada para construir asentamientos, nació la necesidad de organizar la vida común. Así surgió la política, no como ambición de poder, sino como herramienta para el orden, la justicia y la convivencia.
En los valles fértiles de Mesopotamia y los recintos politeístas del Egipto antiguo, los primeros reyes no sólo gobernaban: administraban, legislaban y protegían. Allí comenzó a gestarse el arte de gobernar.
Moisés y Josué, arquitectos del orden hebreo…
Desde los albores de la historia bíblica el pueblo hebreo ha sido símbolo de fe y orden espiritual. Pero más allá de su dimensión religiosa, su caminar por el desierto y su entrada a la Tierra Prometida también nos dejan valiosas lecciones de organización política y liderazgo social. Moisés y Josué no fueron sólo profetas o libertadores de un pueblo en esclavitud laboral y espiritual; fueron los dirigentes del primer gran modelo de gobierno teocrático de la historia.
Moisés, guiado directamente por Dios, actuó como legislador y mediador. La entrega de los diez mandamientos no fue sólo un acto espiritual, sino la base de una verdadera constitución moral y política.
Por consejo de su suegro, Jetró, Moisés instauró un sistema de jueces, jerarquizados en líderes de mil, cien, 50 y diez, para repartir la carga del juicio y la administración del pueblo.
Así nacía una estructura organizada, eficiente y justa, adaptada al tamaño y necesidades del pueblo nómada.
El liderazgo de Moisés no pretendía la centralización del poder, sino su correcta distribución. Cada tribu conservaba su identidad y autonomía, pero todas estaban unidas bajo la Ley y la fe en Yahvé. Esta estructura permitió que, incluso en medio del desierto, Israel viviera con orden, propósito y dirección.
Tras la muerte de Moisés, Josué toma el mando con firmeza. Bajo su liderazgo, el pueblo hebreo pasa de ser una comunidad nómada a una confederación asentada en la Tierra Prometida. Josué reparte el territorio entre las doce tribus, respetando los linajes y estableciendo fronteras. Su modelo de organización mantiene la autonomía de cada tribu, pero siempre con el tabernáculo como centro espiritual común, recordando que su unidad no es política, sino divina.
Josué, como Moisés, sabía que el verdadero poder no residía en los líderes, sino en la fidelidad a la alianza con Dios. Por eso, al final de su vida, convoca a todo el pueblo a renovar ese pacto, no por miedo, sino por convicción. Su famosa frase resuena hasta hoy: «Yo y mi casa serviremos al Señor» (Josué 24,15).
Este modelo, sencillo, pero profundamente espiritual, anticipa muchos de los principios de los gobiernos modernos: justicia, distribución del poder, leyes para todos y un liderazgo basado en el servicio. Moisés y Josué nos enseñan que una sociedad bien organizada no nace sólo de la fuerza, sino de la fe, la sabiduría y el respeto a un orden superior.
Atenas, su filosofía y vida pública…
Pero fue en Grecia, y en especial en Atenas, donde la política encontró su voz: la democracia. Aunque limitada a los ciudadanos varones, sentó las bases de lo que hoy entendemos como participación y deliberación pública.
Aristóteles, el gran filósofo, no escribió sólo sobre el gobierno. Escribió sobre la vida plena. Para él, el ser humano era político por naturaleza y la ciudad (polis) era el espacio donde uno se perfeccionaba como persona. En su obra La Política, nos dejó una advertencia y una promesa: la política puede corromper, pero también puede elevar al ser humano a la virtud si se hace con justicia y educación.
¿Puede un hombre de fe ser político?
La respuesta es clara y contundente: ¡Sí!
Aunque debe ser obediente a aquella respuesta del Rabí (Maestro) N.S. Jesucristo.
“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” no la excluye a una de la otra, más bien la secciona en camino de no mirar al César (título del emperador) como una divinidad, o un oligarca con poder político por decreto humano, de la doctrina que proclama un reino de orden superior que no es de esta tierra.
Por tanto, no sólo puede: debe. Si el Evangelio nos llama a ser sal y luz del mundo, entonces la política (como servicio) es una vocación de raíces judeo-cristiana, al profundizar en el éxodo hebreo y una sociedad con hambre de ser y justicia, que quiso después del signo de la multiplicación de panes y peces, proclamar al Nazareno como su Rey, al cual, Él mismo se negó y seguidamente retiró (es donde la misión debe estar por encima de la elección).
Hay quienes creen que la fe debe guardarse en lo privado. Pero la historia nos demuestra lo contrario. Desde Santo Tomás Moro, mártir de la conciencia, hasta líderes contemporáneos que gobiernan con honestidad, la política necesita principios que broten del alma, no solo de la ley.
Claro, hay desafíos:
- El poder puede ser una tentación.
- Las leyes pueden entrar en conflicto con la fe.
- La neutralidad del Estado no significa neutralidad del creyente.
Pero cuando un político actúa con coherencia, humildad y amor al prójimo, su labor se convierte en una obra de caridad social, como enseñó San Juan Pablo II. La política, bien vivida, es una forma de amar al pueblo.
Hoy más que nunca, necesitamos líderes con alma, valores y sentido moral. Porque no hay mejor escudo contra la corrupción que una conciencia bien formada.
Tamaulipas: Cuando la política se volvió nuestra
Mientras Europa debatía repúblicas y monarquías, en América se gestaba un sueño nuevo: la autodeterminación de los pueblos.
México, tras siglos de dominio español, alzó la voz en 1810. Y once años después, en 1821, conquistó su independencia.
Fue entonces, en ese escenario de libertad naciente, que Tamaulipas dejó de ser Nuevo Santander y empezó a escribir su propia historia como estado libre.
En 1824, con la Constitución federal, se reconoció oficialmente como uno de los estados soberanos de la nueva República.
Y al año siguiente, en 1825, tomó posesión su primer gobernador: José Bernardo Gutiérrez de Lara, un hombre de lucha, nacido en Revilla (hoy Ciudad Guerrero), que soñaba con un país justo y autónomo.
Un poco de historia: Ciudad Guerrero, anteriormente conocida como Revilla, se encuentra en el estado de Tamaulipas, México, muy cerca del río Bravo y de la frontera con Estados Unidos.
- Ubicación exacta: Municipio Guerrero
- Estado: Tamaulipas
- Región: Noreste de México
- Colinda con: el condado de Zapata, Texas, cruzando el río Bravo
Revilla fue fundada en 1750 como parte del esfuerzo del virreinato español por poblar la región del Nuevo Santander.
Posteriormente, cambió su nombre a Ciudad Guerrero, en honor a Vicente Guerrero, héroe de la independencia de México.
Es conocida por ser el lugar de nacimiento de José Bernardo Gutiérrez de Lara, el primer gobernador constitucional de Tamaulipas.
Desde Ciudad Victoria, comenzó a organizar leyes, instituciones y administración local. Fue más que un político: fue un fundador, alguien que creyó en el poder de un pueblo para gobernarse a sí mismo.
Gracias a él y a tantos más, hoy podemos hablar de derechos, elecciones y soberanía.
Tamaulipas no solo nació del fuego de la independencia. Nació también del pensamiento, del orden y del anhelo de justicia.
Y eso también: es política.
Nos leemos la próxima semana, en la continuación de esta serie.
