SERGIO AGUIRRE FLORES
Vuelvo nuevamente y otra vez sobre mis pasos, como lo ha venido haciendo la humanidad misma desde hace ya dos mil quinientos veinticinco años para encontrar las narraciones de mí mismo y por ende de mi mundo, en los textos de los griegos.
Decía más o menos Ortega y Gasset: “Dado que no soy un objeto, no puedo ser objetivo. Puesto que soy un sujeto, necesariamente soy subjetivo.” Y en esa yuxtaposición de las ideas de repente me vi pensando en Luis Videgaray y de ahí, hacia abajo, en muchos otros más que sabedores de la chamba son llamados incluso por sus férreos enemigos.
Son muchos y varios los casos dónde el calor político empuja, como decía Ortega y Gasset, el tema de las objetividades por lugares insondables, donde todo lo anterior se niega por cada nueva administración y, sin embargo, en lo más profundo de los problemas y en la más oscura de las noches, no falta quien, siendo sujeto, subjetivamente deja entrever que había quien hacía las cosas y las hacía bien o, por lo menos, a la justa medida de lo que se necesita para mantener la administración pública adelante, y tiene a bien entonces convocarle a alguna reunión para pedir apoyo o al menos consultoría de manera más o menos velada, según la situación, tratando de que en, muchos casos, quede anónima la ayuda y discretamente generado el pago, sea en especie, apoyo o efectivo.
Pero estamos en tiempos de internet y esas prácticas deberían caer en el desuso. Todo se sabe siempre y es peor andar jugando al ocultismo en términos de política. El pragmatismo del fundador y hoy, a su pesar, líder moral del partido en el poder, debería ser línea de trabajo de muchos y tantos que ven con recelo la cercanía de personajes de otro, ya no llamémosle bando porque no es la Francia del Terror, sino más bien, equipo de trabajo, que demostró saber y hacer en años o administraciones anteriores.
Recuerdo entonces la historia de Filoctetes, título de una de las únicas siete tragedias de Esquilo que han llegado completas hasta nuestros tiempos y donde se expone como al héroe griego que da nombre a la pieza, se le abandona por parte de quienes iban a la guerra de Troya junto con él, en la isla de Lemnos (sí, la misma dónde vivía la Hidra) al padecer de una cierta putrefacción en un pie motivada por la mordedura de una víbora.
La cuestión es que, tras diez años de guerra, el oráculo dice a las tropas asaltantes que Troya solo caerá con la intervención del arco y las flechas de Hércules, mismas que se quedaron en poder de Filoctetes, el guerrero defenestrado por sus propios compañeros.
La misión entonces es volver a Lemnos con la idea de recuperar el arco y las flechas, pero se sabe que solamente el dueño de esas armas puede hacer uso de ellas y nadie más, por lo que a pesar del pesar que pudiera provocarles, los guerreros, si buscaban la Victoria, deberían obtenerla reintegrando al vituperado a sus filas y sus tropas.
Surge mi pregunta 25 siglos después: ¿Videgaray, eres tú? Exmilitante o proveedor de uno u otro equipo de trabajo ¿Ya le llamaron para asistir en algún tema de veras importante? Fueron de regreso por Filoctetes, Odiseo, el más inteligente de los argonautas, que al proponer abandonar a Filoctetes en la isla por el hedor de su herida, demostró no serlo tanto, y Neoptólemo, hijo de Aquiles, el mejor guerrero mirmidón, además de ser uno de los que entraron en el caballo que hizo ganar la Guerra de Troya, ultimando personalmente al rey Príamo. Gran dupla, por cierto.
Filoctetes: ¿Qué quieres decir contándome ese cuento ingenioso?
Neoptólemo: Aquello que, llevado a cabo, veo como lo mejor para ti y para mí.
Filoctetes: Y diciendo eso, ¿no te da vergüenza ante los dioses?
Neoptólemo: ¿Cómo se avergonzaría alguien ayudando a los amigos?
Filoctetes: Esa ayuda que dices, ¿es para los atridas o para mí?
Neoptólemo: Soy tu amigo, y así es mi palabra.
Filoctetes: ¿Cómo así, si quieres entregarme a mis enemigos?
Neoptólemo: Señor, aprende a no envalentonarte en la desgracia.
Filoctetes: Con tus palabras, te conozco, me arruinas.
Neoptólemo: No yo; pero digo que tú no comprendes.
Filoctetes: ¿Acaso no sé yo que me expulsaron los atridas?
Neoptólemo: Pero ve si quienes te expulsaron te salvan a su vez.
Filoctetes: Para ver a Troya voluntariamente, jamás.
Neoptólemo: ¿Qué haríamos entonces, si con palabras no es posible persuadirte de nada de lo que digo? Para mí es hora de parar de hablar; para ti de vivir, como ya vives, sin salvación.
Filoctetes: Déjame padecer lo que tengo que sufrir; pero lo que me prometiste estrechando mi mano derecha, acompañarme a casa, házmelo, hijo, y no te demores ni me recuerdes más a Troya. Para mí, ya se ha charlado bastante.
ARRIBA EL TELÓN… Tercera llamada, tercera… comenzamos…
