ANGEL CAMACHO
En los últimos meses, su servidor ha informado aquí sobre los nuevos brotes de sarampión, rubeola, tosferina y más recientemente parotiditis en nuestro estado; esto se debe en la mayoría de los casos al famoso movimiento antivacunas.
En los últimos años, dicho movimiento ha ganado visibilidad a través de redes sociales y ciertos sectores de la sociedad que desconfían de la ciencia médica. Este fenómeno, basado en información errónea o teorías conspirativas, ha tenido efectos negativos considerables en la salud pública, tanto a nivel global como local.
El rechazo a la vacunación ha contribuido al resurgimiento de enfermedades que ya estaban controladas o prácticamente erradicadas, como el sarampión, la difteria, la tosferina y las paperas. Estos brotes no solo ponen en riesgo la vida de quienes no están vacunados, sino también la de personas vulnerables, como bebés, adultos mayores, personas inmunocomprometidas o aquellas que no pueden recibir vacunas por motivos médicos.
Entre las causas del movimiento antivacunas se encuentran la desinformación, la desconfianza en las instituciones, la difusión de noticias falsas y el miedo a efectos secundarios que, en la mayoría de los casos, son mínimos y muy poco frecuentes, en comparación con los beneficios de las vacunas.
La Organización Mundial de la Salud ha declarado la renuencia a vacunarse como una de las principales amenazas para la salud mundial, al dificultar la cobertura de inmunización necesaria para lograr la llamada “inmunidad colectiva”, que protege a toda la población.
Además, la negativa a vacunar ha tenido implicaciones económicas debido al aumento de gastos en sistemas de salud por atención médica, hospitalizaciones y campañas de contención de brotes que pudieron haberse evitado. También ha causado interrupciones en la educación, actividades laborales y sociales, como se observó durante la pandemia de covid-19.
Ante este panorama, expertos en salud insisten en la importancia de promover la educación científica, combatir la desinformación y reforzar la confianza de la población en las vacunas como herramientas seguras, eficaces y esenciales para prevenir enfermedades y salvar vidas.
“Vacunar salva vidas, desinformar las pone en riesgo”, además “no vacunar no es una decisión personal: es un riesgo para todos”.
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Y recuerden amigos, en Salud Pública: “Es mejor prevenir… que curar”.
