El precio de la belleza nunca debe ser la salud

ANGEL CAMACHO

Vivimos en una época en la que los procedimientos estéticos son cada vez más accesibles y populares. Sin embargo, considero que esta creciente demanda también ha abierto la puerta a un problema que pone en riesgo la salud de la población: la comercialización de medicamentos falsificados, entre ellos la toxina botulínica conocida comercialmente como Botox.

La reciente alerta emitida por Cofepris debe ser tomada con toda seriedad. No se trata únicamente de un producto que no ofrece los resultados esperados; estamos hablando de medicamentos de origen desconocido, sin registro sanitario y cuya composición puede representar un peligro real para quien los recibe.

En mi opinión, el deseo de mejorar la apariencia física nunca debe estar por encima de la seguridad. Lamentablemente, muchas personas son atraídas por promociones o precios excesivamente bajos que encuentran en redes sociales o establecimientos sin autorización. Lo que parece ser un ahorro puede terminar convirtiéndose en una complicación médica que deje secuelas permanentes.

Me preocupa especialmente que la facilidad para adquirir estos productos favorezca la realización de procedimientos por personas sin la preparación adecuada. La aplicación de toxina botulínica requiere conocimientos médicos, productos auténticos y condiciones sanitarias apropiadas. Cuando alguno de estos elementos falta, el riesgo de presentar infecciones, reacciones alérgicas, debilidad muscular, alteraciones neurológicas u otros eventos adversos aumenta considerablemente.

Creo que la mejor decisión siempre será acudir con profesionales de la salud debidamente capacitados y verificar que los medicamentos cuenten con registro sanitario vigente. La prevención comienza con informarnos, desconfiar de las ofertas demasiado atractivas y entender que nuestra salud no debe ponerse en juego por ahorrar unos cuantos pesos.

Como sociedad, también tenemos la responsabilidad de denunciar la venta ilegal de medicamentos y de fomentar una cultura de consumo responsable. La belleza puede ser una elección personal, pero la seguridad debe ser una prioridad para todos.

Cuidar nuestra salud siempre será la mejor inversión. Ningún tratamiento estético vale más que nuestra integridad y bienestar.

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Y recuerden amigos, en Salud Pública “es mejor prevenir… que curar”.