GUILLERMO F. SALAZAR HAGELSIEB
Primero que nada, quiero aclarar de manera puntual que este es solamente un punto de vista de alguien que aún cree en las instituciones, incluso en reactivar todas aquellas que fueron canceladas, de manera inexplicable, por la pandilla de la pobreza franciscana bolivariana.
Bien, un México sin corrupción sería un país amable, un país lleno de personas buscando hacer el bien común, buscando ayudar a quien así lo requiera.
Ojo, como aún sucede esporádicamente en algunos vestigios de solidaridad ciudadana, cuando por algún desperfecto mecánico, inexplicablemente y de la nada, un espontáneo aparece para ayudarnos a componer el desperfecto, o la llanta ponchada, eso era algo común en aquel pasado, el mismo que hoy tanto critican.
Sin embargo, siguen personas buenas habitando en todo lo largo y ancho del estado, y me atrevo a decir, todos los que aún quedan en mi México, sin duda somos una inmensa mayoría.
Somos muchos más los buenos, los que queremos cambiar las cosas, a lo que se oferta políticamente hoy. Habrá una minoría, igual a un tercio del país que aplauden el desastre que tenemos hoy.
Afortunadamente, en una democracia se vale, pero en esa misma democracia, esa minoría inflada artificialmente por la interpretación de la Constitución, por el lamentablemente devaluado tribunal electoral mexicano, permite que hagan a su antojo lo que les venga en gana, incluso mover buques, aviones y anexas sin que nadie les moleste.
Esa minoría convertida en casta política debe entender que no puede aferrarse en una silla para toda la vida, debe dejar la borrachera y entender que los cargos públicos son de paso, y que muy a mi pesar amable lector, jamás se podrá hacer lo mismo, esperando resultados diferentes.
¿Será tan difícil entender eso? Un tercio del país no es mayoría.
En México somos más de 130 millones de almas y todos tenemos derecho a creer, pensar y aplaudir o no lo que nos venga en gana, pues así es la vida en democracia, todos, afines o críticos tenemos exactamente los mismos derechos y privilegios.
México tiene que sanar desde la raíz y sacar a todo aquel servidor público, del Ejecutivo, Legislativo y Judicial, que no acrediten una evaluación psicológica de buen comportamiento, ética y moral intachable, gente buena pues para que mejor se entienda. Pues mientras sigamos haciendo lo mismo, seguirán endeudando cada año más las finanzas públicas del país.
A poco nadie se ha dado cuenta que quienes dirigen el barco están de manera técnica «metiendo un tarjetazo» de crédito cada año para cumplir con su narrativa feliz, repartiendo dinero inexistente, repartiendo gasolina y diésel a las dictaduras bolivarianas centroamericanas, cuando Pemex tiene una enorme deuda con los acreedores. Pemex trabaja con números rojos, caray,
Algunas veces llega la obligada pregunta, ¿están bien de la cabeza nuestras autoridades? Y que se escuche fuerte por todo lo largo y ancho del país y más allá: Un México sin corrupción sería lo completamente opuesto a lo que nos ofrecen estos farsantes de quinta hoy.
En un país sin corrupción, los gobernantes serían recordados por su trabajo, por su colaboración al mundo, por su excelente desempeño económico, por usar el oro y la plata como moneda circulante, por respetar a todas las ideologías políticas, y respetar cada religión.
También sería recordado como un país de paz, de respeto a la integridad del prójimo, un país de crecimiento económico y además México sería un país de muchas medallas olímpicas para el deporte mexicano.
México sería el primer productor de maíz, frijol, sorgo, naranja, limón, mandarina, toronja, aguacate, sandía, melón; con todos nuestros mares, México sería primer productor de camarón, de ostión, de gran variedad de pescados y mariscos, además de carne de res de libre pastoreo, libre de anabólicos, así como usted lo lee amable lector, un México sin corrupción, sería todo eso y mucho más.
Pero para que eso pueda pasar México tiene que sanar, México tiene que respetar la ley, México tiene que dejar de mantener parásitos, «estadistas» y farsantes que han vivido del erario público toda su vida, incluso por varias generaciones, y teniendo los mismos resultados siempre, nuevos ricos cada tres o seis años, inexplicablemente.
A poco no son una joya títeres, como Adán Augusto «N», quien en dos meses de supuesta licencia, cuando participó en la contienda interna, como «corcholato» le llegaron a sus sucios bolsillos poco más de 79 millones de pesos, gracias a su prestigio como abogado.
No se ría por favor amable lector, también le pagaron según por asesorías, y además porque en su narrativa bolivariana hoy Adán Augusto «N» es un prominente ganadero. ¿Así o más mamalón el personaje?
Ese tipo de historias jamás deberían repetirse, y mucho menos querer justificar o aplaudir la corrupción de hoy, del presente, con hechos históricos, además sin sustento, sin pruebas y sin detenidos que avalen sus historietas, esas que los hacían llorar de impotencia y coraje cuando eran opositores y estaban fuera de los privilegios.
Sería tan fácil cambiar, que casi tengo la certeza, de que el miedo está presente en la casta privilegiada de moda.
Pues saben bien, que en México somos muchos más los buenos que los farsantes, y si no me creen a las pruebas me remito.
De último momento…
¿Por qué cree usted amable lector, que la Presidenta con «a» regaló su boleto para el día de la inauguración del Mundial en México el próximo año?
¿Será que no quiso correr ningún tipo de riesgo, teniendo a la vuelta de la esquina la elección en 2027?
¿Apoco no son una joya de bondad y solidaridad bolivariana?
También puedo estar equivocado, pero ese tipo de eventos, ojo, serían los eventos que le servirían a la «líder suprema» para mostrar «músculo» político, bueno, si es que realmente existiera, por algo no le entraron «a la catafixia», dicen en el rancho y dicen bien, que el miedo no anda en burro.
Por mi parte… ¡Es cuanto!
