- Serie: La Política (II)
JUAN R. GIL
En la historia de Tamaulipas y de México hay nombres que resplandecen, no por el poder que ostentaron, sino por la dignidad con la que lo ejercieron. Juan José de la Garza Galván, nacido en Cruillas el seis de mayo de 1826, es uno de esos hombres cuya vida fue una sinfonía de principios, valor y servicio público.
Originario de una tierra modesta, Cruillas, Tamaulipas, de clima semicálido y alma templada, De la Garza se formó como abogado en el Colegio de San Ildefonso. Pero su vocación trascendía los códigos: era un liberal convencido, un defensor de la soberanía y un combatiente de las injusticias que amenazaban la integridad nacional.
Gobernador por convicción, no por ambición
Fue gobernador de Tamaulipas en ocho ocasiones, no por ansias de poder, sino por la urgencia de servir. En cada mandato enfrentó desafíos titánicos: desde el desconocimiento de gobiernos espurios hasta la amenaza separatista de Santiago Vidaurri. Su fidelidad a la causa liberal lo llevó a apoyar el Plan de Ayutla, a defender a Benito Juárez y a combatir la intervención francesa como general en jefe del Ejército Republicano.
Cada periodo de gobierno fue una lección de civismo: cuando la patria lo llamó, respondió; cuando la ley fue amenazada, la defendió; cuando el poder se tornó injusto, lo confrontó.
El maestro que enseñó con el ejemplo
Como docente en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, De la Garza no solo enseñó derecho: enseñó decoro. Crítico del positivismo, abogaba por una visión humanista, donde la ley no fuera instrumento de dominación, sino escudo de los débiles. Su diplomacia en Guatemala y El Salvador fue extensión de esa ética: representar a México con altura, sin servilismo ni arrogancia.
Un legado de moral pública
Juan José de la Garza murió en Ciudad de México en 1893, pero su memoria vive en la Rotonda de las Personas Ilustres y en la estatua que lo honra en el Paseo de la Reforma. Más allá de los homenajes, su verdadero legado está en la conciencia cívica que supo despertar: la idea de que gobernar es servir, que la ley es sagrada y que la patria se defiende con la pluma, la espada y el alma.
En tiempos donde la ética parece tambalearse, recordar a De la Garza es un acto de resistencia moral. Que su vida inspire a los jóvenes, a los juristas, a los políticos, y a todo ciudadano que aún cree que Tamaulipas merece líderes con principios.
Ahora, como es costumbre, unos versos al ilustre cruillense:
En Cruillas brotó la llama,
de justicia y dignidad,
Juan José, firme en su alma,
defendió la libertad.
Gobernó con honra clara,
sin ambición ni rencor,
la ley fue su fiel espada,
la patria, su gran amor.
Hoy su nombre nos inspira,
como faro en tempestad,
¡que su ejemplo nunca muera,
ni su lucha por la verdad!
Feliz inicio de semana, nos leemos pronto.
