JUAN R. GIL
Germán Díaz, un extraordinario comerciante de República Dominicana, un día me compartió su peculiar forma de negociar:
“De niño me encantaba jugar a jalar la cuerda en un extremo, mientras otro niño jalaba del lado contrario, en medio, un gran charco de agua y lodo, quien tenía más fuerza, ganaba.
“Pero, la realidad es que era flaco y débil, y siempre perdía.
“Un día tomé la brillante idea de agarrar un poco más de la soga, a fin de soltarla cuando el contendiente comenzara a jalar, eso hizo que perdiera equilibrio, y entonces al soltar también jalé, sin él tener equilibrio llevé las de ganar y, por vez primera, vi con gran alegría que había vencido a mi contrincante. ¡Así eran los juegos de niños!
“Esto lo aplicaba constantemente cuando quería comenzar algo nuevo, y mi regla fue desprenderme un poco de mi primera inversión para que conocieran la mercancía, antes, me aseguraba que fuera bastante buena para que el competidor (cliente) perdiera equilibrio; ese fue mi éxito, soltar y jalar.”
Retomando mi aportación anterior de aquel rey que mandó acabar con una vaca a fin de poner en movimiento a una familia, continuaré la historia (te recomiendo leer en el Foro Opinión El Arte de la Vida: Duerme a la vaca).
El Frío y la Guerra
Cuando una familia, empresario o persona que va de éxito en éxito se ve observada por sus logros, esto sucinta dos corrientes alternas, una positiva otra negativa; me explico:
Hay personas que encuentran inspiración para seguir el ejemplo de otros, pero también personas que no les gusta el éxito ajeno y la envidia retoña, enraíza y aflora.
El rey tenía un imponente talento y virtud para mantener orden, estabilidad y aceptación de sus habitantes y sobre todo, liderazgo en sus legiones. Pronto se vio en el ojo de otro monarca que quiso invadirlo, al descubrir la riqueza de sus muros, y desplegó un enorme ejército para la guerra. Una guerra muy fría.
La batalla inició y los habitantes poco a poco se fueron atrincherando dentro de las murallas y fortalezas del castillo.
Fue una batalla que inició en primavera y se prolongó al invierno. El frío comenzó a hacer estragos fuera del castillo, y dentro de ella; poco a poco las reservas de trigo y carne iban diluyéndose, afuera sufrían de frío, pero podían cazar y traer más alimento, los de adentro, podían estar calientes, pero comenzaban a sentir hambre por las pequeñas porciones que recibían una vez al día.
Y así dio inicio el caos de la primera tormenta invernal; el rey comenzó a ser criticado y fue tachado como un mal monarca, porque cuando hay estabilidad eres un buen líder, pero cuando hay conflictos de Intereses eres lo contrario.
Afuera los soldados comenzaban a sufrir la fatiga y el cansancio pues ellos no sabían cómo era posible que las murallas no caían y las puertas no cedían ante su sofisticado ataque; era que el rey había colocado un domo de hierro en medio de las dos construcciones de sus paredes y las puertas por dentro estaban fundidas con hierro de una sola pieza.
Finalmente, el momento crítico llegó, se acabó todo el alimento, solo quedaba una vaca flaca, que indudablemente no alcanzaría para alimentar a la población, la guerra estaba perdida y la bandera blanca estaba lista para ondear en lo alto, anunciando la rendición.
El rey subió a ver la situación de sus adversarios y desde lo alto de una torre dio con fuerte voz una orden:
–¡Maten la vaca! ¡Que los enemigos deben tener hambre y frío!
Añadió:
–¡Suban a la torre, amarren cuidadosamente la carne con una cuerda y suelten poco a poco, para que abajo les llegue intacta!
Todos se miraban unos a otros atónitos, pero obedientes. Llevaron lo mejor de la res, fileteadas y sazonadas. Algunos adentro murmuraban indignados:
–¡Como es posible que haya dado lo único que teníamos!
Otros decían:
¡El rey se ha vuelto loco!
Pero afuera, comenzaron a levantar sus campamentos, se alistaban para retirarse, los oficiales habían escuchado del monarca invasor las siguientes palabras:
–Es inútil que continuemos peleando, tienen adentro abundantes suministros que de lo que les sobra son capaces de darnos, aun cuando tenemos afuera abiertos los campos, ríos y bosques para alimentarnos, es inútil pelear con aquel que nos mira tan débiles frente a sus corrales y graneros en extrema abundancia: ¡Retirada!
Y así, sin alimento, y sin más se ganó una guerra.
Un sabio algún día dijo:
“Dar me produce más alegría que recibir, no porque sea un sentimiento de arrogancia, más bien, porque en este camino encuentro concentrada mi virtud de producir con la mente, el cuerpo y mi espíritu.”
Santa Teresa de Calcuta decía:
“Da hasta que te duela.”
En este mundo comercializado y materializado esto se traduce usualmente en cuestiones físicas, pero ¿cuántas personas en un hospital, reformatorio, orfanato, están faltos de un poco de tiempo, de un abrazo, de un consejo?
¿Recuerdan a la niña con la tableta y los cuentos? Eso también falta en el hogar, nuestro castillo.
No, no es necesario sacrificar una vaca, es mejor alimentar el castillo con un poco de calor familiar, diálogo, confianza y estar siempre dispuestos a dar nuestros oídos para escuchar el sentir de esos corazones que ven en nosotros una torre, una fortaleza en donde se sienten seguros, protegidos y listos para salir a luchar sus propias batallas.
El rey protegió a su esposa y a su hija, que ya cumplió 33 años, pero ahora la princesa no sale de su cuarto y, por su vanidad, no tiene novio. El rey ha preparado una gran fiesta, vendrán a ella apuestos oficiales y hombres de buena reputación. ¿Encontrará en uno de ellos su media naranja? Esta es otra historia…
¡Nos leemos la próxima semana!
