GUILLERMO F. SALAZAR HAGELSIEB
Los representantes populares sólo se ponen de acuerdo, sin distinción de colores, cuando la soberanía mexicana está en peligro por la intromisión de fuerzas especiales gringas a territorio mexicano.
Pero también cuando se autoasignan una vida llena de excesos, demagogia y traición a la patria, a la ciudadanía, a los principios básicos de legalidad, lealtad y amor al servicio público.
Es lamentable ver cómo esos seres llenos de luz política resultan ser los más caros del continente americano; ni los legisladores gringos ganan, gastan y viven como los legisladores descendientes de los guerreros aztecas.
«No puede haber gobierno rico, con pueblo pobre»; hasta daban ganas de llorar con ese discurso bolivariano.
Tal parece que apenas tomaron protesta y la casta política cambió ipso facto a un color azul turquesa, lo que fluye por sus torrentes sanguíneos, los angelitos y sus comitivas comen, duermen, viajan y viven como miembros de la realeza, todo con cargo al Poder Legislativo, incluso hay algunos que jamás han pasado a tribuna para exponer iniciativas, en beneficio de nadie.
Aquí en Tamaulipas tenemos claros ejemplos de parásitos legislativos, que solo dicen «presente», se toman selfies y ya con eso llenan su agenda de trabajo diaria; almuerzan, comen y cenan muy alejados a la realidad ciudadana y cuando pagan piden factura a nombre del Poder Legislativo.
Así se las gastan, los que trabajan y también los que no.
Tenemos que aclarar que hay contadas excepciones de gente que sí hace su chamba, lo que les corresponde como legisladores y, además, son los más mesurados con el gasto público; bien por ellos.
Pero la mayoría lamentablemente son unos farsantes, oportunistas, vende espejos, sin discriminación de colores y sólo a quien le quede el saco a la medida diga «presente» y que levanten la mano.
Así pensará de ustedes mucha gente hasta que demuestren lo contrario, con trabajo; no se les pide más, nada más chamba en beneficio de la ciudadanía.
Una visión desde el potrero…
Hace décadas en Texas un ganadero adelantado a su época inició una historia genética, que sigue dando resultados positivos a los ganaderos comerciales en Estados Unidos, México y más allá.
Tom Lasater, a finales de la década de los 20, se quedó solo al frente de un naufragio familiar, rescatando unas cuantas vacas comerciales que su padre dejó, después de la debacle financiera en campo norteamericano.
En aquellos años eran pocas las razas de ganado vacuno presentes en Texas; en King Ranch ya trabajaban cruzamientos de ganado índico (cebú) con ganado Shorthon inglés, para poder brindar rusticidad a sus lotes de ganado, en un entorno lleno de parásitos, calor y frío extremo en ciertas épocas del año.
Así llegaron ellos (King Ranch) a fundar otra raza muy consolidada en el mundo ganadero, nos referimos a la raza «Santa Gertrudis», resultado de muchos años de investigación genética y el emblema texano de King Ranch, desde hace más de cien años.
Tom Lasater rescató poco más de 20 vacas, todas ellas eran el resultado de muchos años de trabajo de su padre, Ed Lasater, antes de los problemas financieros que le hicieron perder todo, incluido su rancho.
Esas vacas rescatadas eran cruza cebú con Hereford; ojo, mucho antes de que el ganado «Braford» existiera como raza definida en Estados Unidos.
Con este ganado empezó Tom, no había toro, así que con mucho esfuerzo compró un torito de King Ranch y lo cruzó con esas vacas cara blancas.
Con esos animales Tom Lasater empezó (sin buscarlo y sin saberlo), una nueva raza de ganado, un tri híbrido producto de la necesidad, más que de cualquier otra cosa.
Fue ese semental, el torito que pudo comprar, no había más opciones en su zona, además Tom se quedó sin tierras, el banco las confiscó, a manera de embargo.
Así que mientras Lasater trabajaba con su tío materno, como capataz en otro rancho, también ganadero, Tom rentó un pedazo de tierra en la misma zona, para llevar ahí su lote de vacas y también el torito de King Ranch.
Con el tiempo, en las crías empezó a notar que los tri híbridos eran mucho mejores que las vacas originales, entonces comenzó a seleccionar hembras con buenos pesos al destete, mientras las vacas mantenían condición corporal aceptable, empezó a seleccionar ese ganado para ser más eficiente.
Así es como en sus inicios apareció en escena el Beefmaster, la raza es mucho más que un cruzamiento de tres razas diferentes, Hereford/cebú/Shorthon; el Beefmaster es una manera de hacer ganadería.
Lasater señaló que las razas son una fuente de genética para darle forma a un lote de ganado comercial, pero la eficiencia sólo se puede encontrar haciendo cosas tan simples, como utilizar el sentido común a la hora de la toma de decisiones, sobre todo en genética comercial.
Tom Lasater nos enseñó que la apariencia de una vaca está muy alejada de la eficiencia funcional, que el ser ganadero no significa ir al café a platicar de ganado, tener rancho, vacas, toros y llevarles toneladas de suplementos y medicamentos.
Ese tipo de ganadería no funciona, mucho menos a la hora de los números.
Tom Lasater nos enseñó que con vacas más chicas o moderadas de talla se obtienen más crías en el mismo espacio, en un predio donde caben y comen cien vacas grandotas, también caben y comen 140 vacas medianas.
Ojo, regularmente las vacas medianas de talla mantienen mejor condición corporal todo el año, también ganan a la hora de algo fundamental, nos referimos a la fertilidad, indispensable durante la lactancia de esas vacas con crías.
Lasater, por selección, logró tener vacas que cuando son destetadas, a los siete u ocho meses de edad en sus crías ya están preñadas nuevamente.
Los números son prioridad, la estampa, color o apariencia de las vacas no importa, siempre y cuando estén preñadas sin excepción, a la hora del destete, así es como se hace el «mejoramiento genético» desde el potrero, con valor maternal real, a pasto.
Lasater nos enseñó que eso se logra por selección, sin importar razas, lo hizo para él, para su rancho, para su propio entorno, con la genética que tenían en ese momento a disposición.
Cuando no pudo comprar otro toro, por falta de recursos, decidió dejar el mejor de cada camada, y así cada año, sin importar cerrar su hato a nueva genética.
Se tiene que decir, Lasater Ranch tiene más de 90 años sin genética externa, usando como sementales solo toritos nacidos de sus mejores vacas, todo el ganado desciende de aquel lote de poco más de 20 vacas cara blancas y del torito de King Ranch.
Así se debe de pensar en un rancho ganadero, jamás buscar tener vacas para catálogo de fotografías, las vacas funcionan o no funcionan, independientemente del pedigrí de sus progenitores se tiene que buscar animales rústicos para su propio entorno.
Algo fundamental a tener en cuenta, es que la raza que le funciona a tu primo, a tu tío, a tu hermano, amigo o compadre, no necesariamente te va a funcionar a ti, todos los ranchos tienen sus propios retos y entornos, forrajes, tipo de suelo y pastos.
Lasater nos enseñó que la mejor raza es la que uno mismo diseña, en base al valor maternal de sus propias vacas comerciales, lo demás, incluyendo lo que dice «el librito», ese que dice que la consanguinidad es mala, forman parte del problema mismo, ese problema que generan los intereses comerciales y la dependencia a insumos externos.
Después de mucho tiempo llegué a la conclusión de que la genética de pedigrí, no soluciona nada, en un rancho ganadero comercial es todo lo contrario.
La solución llega en base a una cuidadosa selección maternal interna, así como lo hizo el legendario Tom Lasater, fundador de la raza Beefmaster, reconocida por el gobierno norteamericano, en la década de los 40. Ni más, ni menos.
Por mi parte… ¡Es cuanto!
