Policías en el ojo del huracán

MARCO ANTONIO VÁZQUEZ VILLANUEVA

Comenzaré con una vieja historia, breve y concisa, para luego intentar ponernos de acuerdo en un tema en el que, de entrada, celebro que el gobernador Américo Villarreal lo reconozca y aliente soluciones; que el Congreso del Estado, en voz de su presidente, Humberto Prieto, le entre al debate y anuncie hasta la posibilidad de que llamar a comparecer al secretario de seguridad pública.

También es positivo que la misma sociedad condene o se solidarice con alguno de los actores que participaron en un hecho lamentable, como es la muerte de una menor en Matamoros dentro de los enfrentamientos a la delincuencia.

Hace muchos años, cuando Enrique Peña Nieto era presidente, al entrar a mi colonia, los soldados colocaron un retén, al llegar al mismo me ordenaron bajar de mi unidad, abrir el carro y colocarme frente al mismo mientras lo revisaban ante mis ojos.

Hasta eso, andaban amables, uno de ellos se acercó para preguntarme si traía alguna identificación, en esa confianza, le solté en voz alta al que parecía ser el jefe:

—La neta, me parecen un exceso estas revisiones porque no creo que en uno solo de estos retenes hayan atrapado a delincuentes peligrosos o de alto nivel, es más, si han quitado una navaja, hasta deben conservarla como trofeo.

Sin cambiar el trato amable, noté que se le endureció el semblante.

“Sólo recibimos órdenes”, espetó en su parca respuesta.

Valiente, como soy, ja, de inmediato le ofrecí una disculpa, le adelanté que respetaba su trabajo porque sentía que siempre les estaban apuntando los malos y hasta algunos de sus propios compañeros que andaban mal, entonces amplió su respuesta:

“Nosotros extrañamos al comandante Calderón, ahora nos tienen haciendo esto que es más peligroso que enfrentarlos. En un retén como este han matado a muchos de los nuestros porque, efectivamente, los que traen algo no se van a parar como usted.”

Y siguió con su explicación: “No fue buena idea sacarnos a la calle, llegamos sin saber las tareas básicas de prevención y combate al delito en las calles, ni en el trato hacíamos las cosas bien, pero algo que le tengo que reconocer es que metió las manos por nosotros, en cambio ahora nos equivocamos o nos defendemos de alguien y, si no le encuentran una bala a quien disparó, lo meten al bote, nos quitan la libertad y nos obligan a dejar a los hijos desamparados, con el peligro de que los maten o los incorporen a la delincuencia.”

La plática fue así de breve, pero ilustrativa.

De ella se desprendieron dos cosas que parecían frenar mejores resultados: urgía una capacitación de alta escuela para los elementos de todas las corporaciones en materia de prevención y combate al delito en las calles y, sobre todo, urgía cuidar a los elementos de seguridad para que pudieran hacer mejor su tarea, tanto en salarios y apoyos legal, como evitando que su trabajo terminara por llevarlos a la cárcel.

Dicho lo anterior, ahora sí valdrá la pena analizar bien las cosas antes de satanizar a los elementos de seguridad o a quien haya participado en los lamentables hechos en los que perdió la vida una niña de siete años.

La pregunta obligada es: ¿Podría un elemento de seguridad tener la intención de asesinar a una menor a la que no conoce? Después, ¿tiene un elemento que recibir una bala para repeler un ataque?

Luego surgen muchas dudas más y sólo podemos concluir una cosa: Sigue faltando una capacitación de élite para el personal que participa en esos operativos, de manera que pueda identificar con mayor rapidez los objetivos y cuente con los conocimientos y el entrenamiento suficientes para reducir a cero los daños colaterales.

Ojo, nadie será inocente hasta que demuestren lo contrario, porque no sólo se trata de querer matar a alguien, también debe quedar claro que no se extralimitaron en el uso de la fuerza, o si no se violentaron otros derechos de las personas.

Ahora bien, ya le dijimos que al debate le ha entrado el gobernador Américo Villarreal y que el presidente del Congreso no descartó la posibilidad de llamar a comparecer al general Pancardo, titular de Seguridad Pública en el estado.

Aquí es donde nos preguntamos: ¿Dónde está el susodicho? ¿Por qué no ofreció información oportunamente, algo que pudo evitar tanto escándalo en las redes? Es más, al general Pancardo además tenemos que reprocharle que lejos de responder a la prensa en una entrevista que le intentar hacer un periodista de la capital, Regino Infante, lo violentan, se esconde, lo agreden.

Obviamente, también debemos buscar a otros funcionarios que se escondieron o que hoy, a toro pasado, quieren opinar para satanizar a los elementos de seguridad o al Gobierno del Estado.

Le insisto, el tema es doloroso, pero lo mejor es debatir sobre él, que nos quede claro qué sucedió, cuál es el problema y cuál es la forma de solucionarlo.

Eso sí, que participen todas las corrientes, que se politice abiertamente el tema, para que no vuelva a ocurrirnos una situación de esa magnitud.

Conclusión…

Hoy los policías están en el ojo del huracán pero hay que evitar satanizar a los elementos de seguridad, al tiempo hay que proteger a nuestra gente, brindar toda la solidaridad y el apoyo a las víctimas y hay que alentar que, como el gobernador y el presidente del Congreso, todos se sumen a un debate sano para encontrar soluciones permanentes al problema de inseguridad que con datos demuestra muchos avances.

Pero, desde mi punto de vista y por la experiencia narrada al inicio de este escrito, todavía es urgente una capacitación de élite para los cuerpos de seguridad o, por lo menos, para quienes vayan a participar en esos operativos y en ello no se excedan en la fuerza, pero tampoco corran riesgos de perder a vida o su libertad.

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