BÁRBARA LERA CASTELLANOS
México atraviesa una transformación demográfica sin precedentes.
La Encuesta Intercensal 2025 del INEGI revela que la Tasa Global de Fecundidad se desplomó de 1.9 a 1.2 hijos por mujer entre 2019 y 2024, un nivel cercano al de Japón (1.1) y muy por debajo de la tasa de reemplazo poblacional.
Este fenómeno no es aislado: el promedio de hijos nacidos vivos cayó de 2.1 en 2020 a 1.9 en 2025, mientras la edad mediana de la población ascendió de 29 a 32 años.
La desigualdad territorial es marcada. Chiapas registra la tasa más alta del país con 1.8 hijos por mujer, seguido de Guerrero (1.6), Durango y Zacatecas (1.5).
En el extremo opuesto, la Ciudad de México presenta apenas 0.8, la cifra más baja nacional, seguida de Baja California (1.0) y Querétaro (1.1).
La escolaridad emerge como factor determinante: mujeres sin estudios reportan 4.9 hijos en promedio, mientras aquellas con educación media superior o superior tienen solo 1.2.
Por su parte el estado de Tamaulipas se ubica en una posición intermedia dentro de este panorama nacional.
Los resultados de la Encuesta Intercensal 2025 para la entidad muestran que la tendencia descendente también se refleja en el estado fronterizo, aunque con matices propios de su dinámica poblacional y económica.
La entidad comparte con otras del norte del país características de urbanización creciente y mayor acceso educativo, factores que históricamente correlacionan con menor fecundidad.
Sin embargo, Tamaulipas enfrenta retos adicionales: migración y una economía que oscila entre la industria maquiladora y actividades tradicionales, elementos que influyen en las decisiones reproductivas de las familias tamaulipecas.
Detrás de cada cifra hay historias de mujeres que postergan la maternidad por estudiar, trabajar o simplemente sobrevivir en un país incierto.
La caída de la fecundidad no es un fracaso, sino un espejo de las condiciones en que vivimos: cuando el futuro se vuelve incierto, los proyectos de vida se repliegan.
Tamaulipas, como México, necesita políticas que no solo cuenten nacimientos, sino que construyan condiciones para que traer vida al mundo sea un acto de esperanza, no de resignación.
Porque al final, lo que está en juego no es cuántos hijos tenemos, sino qué tipo de país les ofrecemos a los que ya están aquí.
