JOEL BALDERAS
Todos dicen que los Millennials y la Generación Z son el futuro de la política latinoamericana. En realidad, ya son el presente, aunque gran parte de la clase política apenas empieza a entenderlos.
Uno de los errores más comunes de los partidos y gobiernos es creer que el voto joven se conquista únicamente con estrategias digitales. Piensan que basta con abrir una cuenta de TikTok, contratar a un community manager joven o sumarse a tendencias virales para conectar con estas generaciones. Sin embargo, el problema nunca ha sido el formato, sino la incapacidad de la política tradicional para responder a las preocupaciones reales de muchos jóvenes.
Durante años, los millennials, los nacidos entre 1981 y 1996, fueron tratados como una novedad sociológica. Hoy tienen entre 30 y 45 años, dirigen empresas, mantienen familias y participan activamente en los procesos electorales. Son uno de los bloques más grandes e influyentes del padrón electoral latinoamericano. Aun así, muchos partidos políticos continúan diseñando campañas y gobiernos para un votante que ya no representa la mayoría.
La narrativa que casi siempre domina suele describir a los jóvenes como radicales, antisistema o casi siempre inconformes. En realidad ellos no desean ir en contra del sistema político, pero sí pretenden que funcione mejor. Exigen gobiernos eficaces, instituciones útiles y resultados tangibles. No buscan discursos ideológicos; buscan soluciones y si son inmediatas mucho mejor.
El problema es que, en la mayor parte de los casos, llevan años escuchando discursos llenos de promesas. Ese vacío, justo es el que abrió la puerta a figuras políticas tan disruptivas como Gabriel Boric, expresidente chileno de 40 años; Nayib Bukele, presidente de El Salvador de 44 años, Daniel Noboa asumió la Presidencia de Ecuador a los 35 años o Javier Milei de Argentina, el más disruptivo de todos, hoy con 55 años.
Y claro que todos ellos representan proyectos ideológicos opuestos pero todos llegaron al poder impulsados por una misma percepción: ser distintos a la clase política tradicional, lo que demuestra que las nuevas generaciones ya no votan únicamente por ideología; votan por lo que sienten, por la percepción de competencia, autenticidad y sobre todo se fijan mucho en la congruencia.
La Generación Z, nacida entre 1997 y 2012, representa un desafío todavía mayor para la política tradicional. A diferencia de los Millennials, muchos de ellos ni siquiera consideran a los partidos o congresos como espacios en los que pueden participar y se sienten alejados. Su conversación política ocurre en redes sociales, plataformas digitales y comunidades virtuales. Y cuando algo los indigna lo suficiente, pueden movilizarse en cuestión de días, sin liderazgos visibles ni estructuras tradicionales.
El gran problema de los partidos latinoamericanos no es únicamente de imagen, sino de relevancia. Mientras las nuevas generaciones exigen atención a problemas concretos como empleo, seguridad, vivienda, salud mental y medio ambiente, sin ser lo suficientemente escuchados, gran parte de la política continúa atrapada en dinámicas obsoletas alejadas de la vida cotidiana.
Aquí aparece uno de los errores más costosos de las campañas modernas: confundir el canal con el mensaje. Muchos equipos creen que grabar al candidato bailando o replicando tendencias digitales basta para generar cercanía. En realidad, estas generaciones suelen castigar el espectáculo político. Lo que valoran es la coherencia entre discurso, trayectoria y resultados.
Para la Generación Z, además, la autenticidad no es un atributo adicional de campaña; es el filtro principal. Si consideran que un político actúa de manera artificial, el mensaje pierde credibilidad automáticamente.
Durante años, la política latinoamericana fue construida para un ciudadano más leal a los partidos, menos crítico y más dispuesto a votar por tradición o identidad política. Ese modelo todavía existe, pero pasa de moda rápidamente. Mientras tanto, Millennials y Generación Z continúan ocupando cada vez más espacio en el electorado y en la conversación pública.
El político que comprenda esta transformación tendrá una ventaja decisiva en los próximos años. Pero entenderla implica mucho más que modernizar redes sociales o modificar campañas. Significa cambiar la manera de gobernar, comunicar y rendir cuentas.
Y es que estas generaciones ya no votan solamente por promesas. Ellos votan por evidencias y quien no pueda demostrarlas perderá espacio con un electorado cada vez más crítico, más informado y menos dispuesto a creer sin resultados.
