GUILLERMO F. SALAZAR HAGELSIEB
Apenas hace unas semanas escuchamos hablar de la maravilla de modelo político y económico que «vibra» por todo nuestro país.
Desde la máxima silla, allá en un palacio, todos los días celebran el avance económico, el avance en temas de (in)seguridad, el avance en nuestra agenda internacional, caray, nada más lo único que nos faltaba era que celebraran la extinción en México, de la tan mentada corrupción… Y también ya se atrevieron a hacerlo.
Pero para el resto del país nos queda muy en claro que aquella corrupción que tanto criticaban cuando eran opositores hoy se queda diminuta, minúscula, al lado de los grandes negocios, esos que las familias bolivarianas mexicanas del primer círculo de poder hacen todos los días con la venia de quien sigue mandando galleta en tierra azteca.
Todavía recuerdo, como si fuese ayer, cuando aquel venerable anciano oriundo de Macuspana, quien además es ferviente admirador de las dictaduras bananeras pedorras centroamericanas, decía:
«No puede haber gobierno rico, con pueblo pobre», también decía que «se acabaría con los privilegios, desde el poder público», y para cerrar con broche de oro, también aseguraba que, «cada negocio jugoso de corrupción en el servicio público, en el gobierno, tiene que llevar el visto bueno del presidente».
Bien, después de siete años, y contando, resultó todo lamentablemente cierto, de aquellos «honestos» opositores, hoy ya sentados en el poder público en algún cargo de gobierno, no queda nada, absolutamente nada.
La mismísima Presidenta sigue repitiendo como merolico, región cuatro que en México se acabó con todo aquello y que gracias a la «transformación» hoy no existen privilegios.
No se ría por favor amable lector, porque desde que llegaron es el pueblo quien manda desde el poder público, es el pueblo quien decide en México todo lo que pasa, lo bueno y también lo malo.
Es el pueblo, pues ahora ya trastornados por la borrachera y sin contrapesos se sienten representantes del pueblo y creen que es haciendo lo que hacen, despilfarrar lo que siguen despilfarrando, regalar lo que no es de ellos, sin consultar a nadie, y peor aún, endeudar las finanzas públicas de todo un país, siempre en nombre de la transformación y del mismísimo pueblo.
Caray, sin ofender absolutamente a nadie, si las cosas van tan bien como dicen, en su película barata de ciencia ficción y desde el oficialismo ¿por qué la ciudadanía siente otra cosa muy diferente al discurso oficial?
¿Por qué los terroristas tienen el control en sectores completos del país?
¿Por qué no dejan que fluyan de manera libre y transparente las investigaciones en el caso de La Barredora, del fiscal, de Segalmex?
¿Por qué Pemex sigue quebrado y aun así, desde el oficialismo, sin justificación alguna, les regalan combustibles a las dictaduras bananeras afines a la «transformación»?
Lo peor de todo es que mientras nadie desde adentro reconozca la situación real que vive el país las cosas seguirán exactamente el mismo curso, el mismo rumbo que están siguiendo desde que llegaron a finales del 2018 y hasta este día.
Seguirán culpando a otros de sus propios fracasos, seguirán inventando cortinas de humo para distraer a la ciudadanía de los problemas trascendentales, seguirán navegando como «víctimas», de sus propios demonios, de sus propias acciones, seguirán dividiendo al pueblo entre buenos y malos, entre delincuentes e inocentes.
Pretenden que todos como focas aplaudan sus ocurrencias, sus errores, sus fracasos, sus mentiras, nada más para sentirse patriotas y a la «moda», no señor.
Al parecer, algunos ya borrachos en la kermesse de privilegios bolivariana se olvidaron de algo muy básico y elemental, que en una democracia, como aún lo es México, todos pueden pensar, decir y calificar cualquier acción desde el poder público, buena o mala, por la simple y sencilla razón de que todos, desde la mismísima Presidenta de la República, todo su gabinete, todo el Poder Judicial, el Legislativo, además de fuerzas armadas y policía civil, son, serán y seguirán siendo empleados públicos y le deben rendir explicaciones a quienes les pagan sus sueldos, vía impuestos.
Tal parece que se los tenemos que repetir cotidianamente, bien, pues de ser así, sin problema alguno lo seguiremos haciendo, pues es la única manera de que entiendan quién es el empleado y quién el patrón.
Regla básica en una democracia es que quienes tienen un cargo público no le están rindiendo cuentas a cubanos, a nicaragüenses o a venezolanos, con el debido respeto a los hermanos de esas nacionalidades.
No señor, aquí en México somos mucho pueblo, despiertos del letargo del socialismo estúpido y radical.
Aquí los espejitos llegaron hace más de 500 años y la gente ya despertó, la gente ya sabe que un gobierno que celebra contratar deuda pública para satisfacer su narrativa bananera estupidizada, con «justicia social», es un fracaso.
La historia es muy clara, ese socialismo ha fracasado en todos los lugares donde se le ha aplicado y quien crea que haciendo los mismo obtendrá resultados diferentes, solo puede ser por dos razones, por interés personal o por inocente.
Los inteligentes hace mucho que dejamos de pensar en estupideces igualitarias, así de fácil, ni más, ni menos.
Otra regla simple y eficaz para tener tranquilidad y paz social es «que cada quien tenga y disfrute lo que su esfuerzo así le refleje».
El trabajador, el emprendedor azteca, no tiene por qué estar manteniendo parásitos en el sector público y mucho menos en la misma sociedad.
Por mi parte… ¡Es cuanto!
