ÁNGEL CAMACHO
En los últimos años ha comenzado a circular en redes sociales y espacios digitales el término Therian, utilizado por algunos jóvenes para describir una identidad simbólica o espiritual vinculada con animales.
Más allá de la polémica o la sorpresa que este fenómeno pueda generar, su aparición no debe analizarse únicamente como una moda extraña, sino como un reflejo de una realidad más profunda: la crisis de identidad que atraviesan muchos adolescentes y jóvenes en la actualidad.
La juventud siempre ha sido una etapa de exploración personal pero hoy ese proceso ocurre en un contexto distinto. La hiperconectividad, la presión social digital, los estándares irreales de éxito y apariencia, así como la fragmentación de los vínculos comunitarios tradicionales han creado un escenario donde muchos jóvenes sienten que no encajan.
En ese vacío, algunos adoptan etiquetas, símbolos o comunidades virtuales que les ofrecen sentido de pertenencia y validación emocional.
El fenómeno Therian, entendido desde un enfoque social y psicológico, puede interpretarse como una forma de expresión identitaria, no necesariamente como un trastorno ni como una conducta peligrosa por sí misma.
Sin embargo, sí puede ser un indicador de necesidades emocionales no atendidas: falta de acompañamiento familiar, carencia de espacios seguros para expresarse o dificultades para construir una identidad sólida en el mundo real.
El verdadero desafío no es juzgar ni ridiculizar estas manifestaciones sino preguntarnos qué está ocurriendo con las nuevas generaciones. Cuando un joven necesita definirse a través de identidades alternativas para sentirse comprendido el problema no está en la etiqueta que usa, sino en el entorno que no ha sabido ofrecerle reconocimiento, guía y contención.
Más que alarmarnos por estas tendencias corresponde fortalecer los factores que sí construyen identidad: educación emocional, diálogo familiar, sentido de comunidad, cultura, deporte y participación social. La identidad no se impone ni se etiqueta; se forma con experiencias, vínculos y oportunidades.
En lugar de señalar a los jóvenes la sociedad debe mirarse a sí misma, porque cada fenómeno emergente en la adolescencia suele ser, en realidad, un espejo que refleja las carencias colectivas de nuestro tiempo.
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Y recuerden amigos, en Salud Pública: “Es mejor prevenir… que curar”.
