La Iglesia y la tecnología

BÁRBARA LERA CASTELLANOS

¿Sabías que el primer “sermón digital” de la historia se transmitió por radio en 1931? Desde entonces, la Iglesia ha recorrido un camino fascinante de la radio hasta por la plataforma TikTok, y ahora, frente a la inteligencia artificial (IA).

En las últimas décadas, ha transitado por un camino de adaptación y reflexión frente a la revolución tecnológica, sin perder su brújula moral.

Desde la incorporación de medios de comunicación para evangelizar hasta su reciente intervención en debates globales sobre IA, el catolicismo ha buscado mantener su voz en un mundo mediado por algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos e incluso a quién contratamos.

Esta evolución no solo muestra mayor familiaridad con herramientas digitales, sino también la voluntad de orientar su uso hacia el bien común y de denunciar riesgos que amenazan la dignidad humana.

Un dato curioso de la Iglesia fue en el año 2023, cuando el Vaticano lanzó su propio chatbot con IA para responder preguntas sobre la fe, pero con un “freno ético”: está programado para no tomar decisiones morales por las personas.

El llamado del Papa León XIV a Silicon Valley, donde existe una dualidad interesante entre la fe y la ética algorítmica, es como si el Vaticano hubiera enviado una carta de advertencia a los “magos modernos” de la tecnología, ya que no se trata de rechazar la IA, sino de exigir que su desarrollo respete valores éticos fundamentales.

El Papa advirtió sobre el control potencial de la humanidad mediante algoritmos opacos que deciden sin transparencia.

La Iglesia recuerda una verdad que a veces olvidamos: la técnica es neutral como herramienta, pero no como sus fines ni sus efectos.

Un algoritmo puede ser “inocente”, pero si se usa para discriminar en contrataciones, negar préstamos o manipular opiniones, deja de ser neutral.

¿Sabías que estudios han demostrado que algunos algoritmos de contratación tienen sesgos de género y raza porque se entrenaron con datos históricos sesgados?

Por esa misma razón la Iglesia exige que, cuando los algoritmos deciden sobre empleo, justicia o acceso a servicios, haya transparencia, rendición de cuentas y solidaridad.

De la radio a la IA…

Históricamente, la Iglesia pasó del escepticismo al uso activo de medios masivos con el objetivo de llegar al mayor número de personas.

Hoy, en la era de la IA, la Iglesia emplea plataformas digitales para la catequesis, la pastoral y la movilización social.

Pero también advierte, no naturalicemos delegar decisiones humanas a los sistemas.

El Papa y el magisterio contemporáneo demandan políticas públicas que regulen el uso de datos, eviten sesgos discriminatorios y garanticen que la tecnología potencie (no sustituya) capacidades humanas esenciales como la empatía, el juicio moral y la creatividad.

La Iglesia ofrece una perspectiva humanista que complementa la técnica algunos ejemplos son los siguientes:

La persona como fin, no como medio: no eres un “dato” ni un “número de usuario”.

El valor del cuidado y la fraternidad: la tecnología debe unir, no aislar.

Defensa preferente de los más vulnerables: niños, ancianos, mujeres, migrantes y personas con menos acceso digital no deben quedar atrás.

Este enfoque ha impulsado iniciativas educativas para formar ciudadanía digital y alianzas con académicos y desarrolladores para incorporar principios de justicia, equidad y sostenibilidad en el diseño tecnológico.

Frente al avance imparable de algoritmos e inteligencias artificiales, la Iglesia propone una ética que sitúa a la persona en el centro.

Más que condenar la innovación, llama a humanizarla, en otras palabras exigir transparencia, proteger la libertad y priorizar el bien común.

Otro dato curioso en el año 2024, un grupo de desarrolladores de IA lanzó el “Pacto de Roma” con principios éticos inspirados en el magisterio católico, incluyendo la prohibición de usar IA para manipular emociones humanas con fines comerciales.

Si la tecnología debe servirnos, la tarea de nuestras sociedades es asegurarse de que lo haga conforme a la dignidad de cada ser humano, especialmente de los más frágiles.

Solo así la técnica se convertirá en aliada de la esperanza y no en instrumento de control.

Esta postura no es “anti-tecnología”; es pro-persona. No se trata de rechazar la tecnología, sino de exigir que su desarrollo respete valores éticos fundamentales. La Iglesia nos recuerda que, al final, lo que importa no es cuán inteligente sea la máquina, sino cuán humanos seguimos siendo nosotros.