La culpa de no ser “todólogas”

MICHELLE CAMACHO

Confieso que durante años creí que el cansancio era un distintivo de honor, pensaba que si terminaba el día con la espalda desecha y la lista de pendientes tachada era porque no me había esforzado lo suficiente.

Nos venden la idea constante de que si no nos estamos exprimiendo cada minuto del día, estamos perdiendo el tiempo. Pero cuando esa exigencia se cruza con las expectativas de género, el resultado deja de ser simple productividad para convertirse en una trampa invisible.

A las mujeres se nos sigue educando bajo la enseñanza de que debemos ser capaces de sostenerlo todo al mismo tiempo, se espera que seamos profesionales ambiciosas y competentes en el trabajo, pero que al mismo tiempo mantengamos una casa impecable, seamos madres presentes o parejas atentas, que cuidemos de nuestra salud física, que tengamos una vida social activa, que estemos informadas y por si fuera poco que luzcamos radiantes y con una sonrisa en el rostro mientras lo hacemos.

Lo más perverso de esto no es solo que sea imposible de cumplir, sino la culpa paralizante que sentimos cuando fallamos.

¿Les ha pasado? Ese nudo en el estómago cuando decides no asistir a una reunión porque estás agotada, la sensación de fracaso cuando el orden de la casa se desmorona o el remordimiento de dedicarte una hora a ti misma en lugar de “aprovecharla” en resolver pendientes. Nos han hecho creer que si necesitamos parar es porque “no nos organizamos bien”.

Nos exigimos mucho de nuestras propias vidas, de las de nuestras familias y de nuestros vínculos, cargando con una salud mental que a menudo se resiente en silencio. Y lo peor es que muchas veces somos nosotras mismas las más severas, castigándonos por no llegar a un estándar que nadie más debería habernos impuesto.

Me tomó media vida entender que decir “no puedo con todo” no es una derrota, sino el acto de supervivencia más urgente que nos debemos a nosotras mismas.

Ya es hora de romper este ideal, de decir “no puedo con todo”, “hoy no me alcanza la energía” o simplemente renunciar a la perfección, no nos hace peores profesionales, peores amigas o peores parejas; nos hace humanas. Necesitamos normalizar el derecho al límite, a la pausa y al desorden sin que vaya acompañado de ese peso invisible llamado culpa.

El mejor consejo que puedo darte es que dejes de ser la última prioridad en tu lista. Date el permiso de fallar, de delegar, de descansar y de aceptar que no tienes que demostrarle nada a nadie porque dejar de intentar ser “todólogas” no es rendirse es en realidad el primer paso para empezar a habitarnos de verdad.