Espíritu navideño: Un día después y siempre

JUANY RAMÍREZ

En esta época compartir las tradiciones en familia y transmitir la importancia de dar y recibir amor, de ser solidarios, de alimentar el espíritu y de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, se convierten en el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros seres queridos; de todo esto se guardan hermosos recuerdos.

Hoy comparto con ustedes los míos.

¿FRÍO? FRIÍSIMO

Apenas puse un pie en el patio de la casa y recibí en el rostro el gélido aire en vísperas de Navidad, fue una sensación de nostalgia que invadió mi alma y mente de recuerdos, esos días fríos y helados de nuestra infancia, con poca ropa invernal, pero la calidez estaba en nosotros, la gente de mi barrio, mi Charcos de Abajo.

¿Disfrutar de una fogata? Éramos ricos en eso y no lo sabíamos, cualquier leño o vara seca servía para quitarnos el frío y era lo que nos mantenía felices alrededor de la lumbre.

Nosotros, traviesos, movimos un palito y volaban las chispas que iluminaban nuestras ilusiones; quemar bombones para mí ni en sueños, no había dinero, pero qué tal disfrutar y saborear un trocito de quiote de maguey… Mmmmm deli.

Era emocionante ver llega mi tío Toño cargando uno enorme, lo ponía en la lumbre para asarlo mientras despedía ese aroma que llegaba a nuestras papilas gustativas para después masticar esa fibra llena de sabor y beber ese jugo tibio que soltaba.

En un diciembre llegó una familia americana, de Nebraska, EU, sin conocerla pasaron una Navidad en el barrio, su “traila” se descompuso y llegaron a lo que era la agencia Chevrolet, sin pensar que durarían ahí casi el mes, se acercaron al camino y yo no dudé en ser amistosa con ellos, se cruzaron la cerca de púas que deslindaba la famosa agencia y fueron a convivir con nosotros.

Los traje por todo el barrio, en casa de mi abuelito Mario, en su enorme terreno entre el sembradío de maíz y caña, bajamos el arroyo y fuimos arriba, cómo decíamos nosotros, literal era al otro lado del arroyo sin agua, donde se estaban construyendo las casas del fraccionamiento Valle de Aguayo.

Había un montón enorme de tierra y desde ahí nos aventábamos para resbalarse en un trozo de cartón, casi creo que esos gringos jamás se divirtieron tanto en su vida, no faltaron la travesuras de los conejos, bueno así los llamamos, que agarraron a dos gringuillos y los lanzaron sin cartón, pobres, se dieron sus buenas raspadas.

Los traje en las posadas y acostadas del Niño Dios, uno lloró cuando le pegó a la piñata de hoya de barro en casa de la tía María, le retumbó el palo en las manos y le dolió; a otro le tronó un cohete en la mano, después de eso llegó toda la familia extranjera a mi casa a darnos el abrazo de Navidad, el señor llegó gritando ¡Feliz Navidad! en español, pero con esa forma tan singular de pronunciar las palabras cuando eres gringo.

Llevaron frutos acaramelados, pero creo que nunca habían probado la tortilla, mi mamá les dio un taco de carne frita y solo se comían la carne y regresaban la tortilla para que les echara más, casi pienso que utilizaron la tortilla de plato jeje y yo tratando de explicarles cómo se comía un taco. Jajaja, qué divertida.

Estimado lector de este espacio y mi gente hermosa de mi barrio que me vio nacer, crecer y partir: Les deseo la mejor de las épocas y que la paz, la armonía y felicidad reinen en sus hogares

Reciban un fuerte abrazo de mi parte.