ANGEL CAMACHO
Cada 13 de enero, el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión nos ofrece una pausa obligada para mirar de frente una realidad incómoda: la salud mental continúa siendo una deuda pendiente tanto a nivel individual como colectivo.
Hablamos con facilidad de enfermedades visibles, pero seguimos guardando silencio ante aquellas que no dejan marcas en la piel, aunque sí profundas cicatrices en la vida de millones de personas.
La depresión no es tristeza pasajera ni falta de carácter, como aún se cree erróneamente. Es una enfermedad que limita, desgasta y, en los casos más graves, puede arrebatar la vida.
Desde la perspectiva de la salud pública, su impacto es tan severo como el de muchas enfermedades crónicas: reduce la productividad, afecta la dinámica familiar, incrementa el riesgo de otras patologías y satura sistemas de salud que históricamente han relegado la atención psicológica y psiquiátrica.
Vivimos en una sociedad que exige fortaleza permanente, éxito constante y resiliencia sin descanso. En ese contexto, reconocer que algo no está bien emocionalmente parece un acto de rebeldía. El resultado es predecible: personas que sufren en silencio, que normalizan el agotamiento emocional y que posponen la búsqueda de ayuda hasta que la situación se vuelve crítica.
Hablar de depresión es también hablar de desigualdad. No todos tienen acceso a atención especializada ni a espacios seguros para expresar lo que sienten. La estigmatización sigue siendo una barrera poderosa, incluso dentro de los propios servicios de salud. Mientras no entendamos que la salud mental es parte integral del bienestar, seguiremos atendiendo consecuencias y no causas.
Este Día Mundial de la Lucha contra la Depresión debería ser algo más que una fecha en el calendario. Debe convertirse en un llamado permanente a humanizar nuestras relaciones, a exigir políticas públicas que fortalezcan la atención en salud mental y a recordar que pedir ayuda es un acto de valentía.
Escuchar, acompañar y atender oportunamente puede salvar vidas. El silencio, en cambio, sigue siendo el peor aliado de esta enfermedad.
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Y recuerden amigos, en Salud Pública: “Es mejor prevenir… que curar”.
