Pirotecnia, riesgo creciente para la salud pública y el bienestar social

ANGEL CAMACHO

Se acercan las fechas decembrinas y con ello la venta indiscriminada de los denominados cohetes; por ello el día de hoy les comparto mi punto de vista desde el enfoque de la salud pública.

El uso de fuegos artificiales continúa siendo una tradición arraigada en diversas celebraciones, sin embargo, su presencia trae consigo una serie de riesgos que los convierten en un problema relevante de salud pública.

Más allá del espectáculo visual, la pirotecnia se relaciona con accidentes graves, contaminación ambiental y un profundo impacto emocional en grupos vulnerables, como niños con autismo y animales de compañía.

En términos de seguridad física, la pirotecnia es responsable cada año de numerosas quemaduras, lesiones oculares, pérdida auditiva, amputaciones y traumatismos, principalmente por la manipulación inadecuada o por artefactos defectuosos.

Además, es una fuente importante de incendios domésticos y de espacios públicos, lo que compromete no solo la vida de las personas, sino la infraestructura y el entorno.

La dimensión ambiental también es alarmante: los fuegos artificiales liberan metales pesados, partículas finas y gases tóxicos que deterioran la calidad del aire. Este fenómeno afecta particularmente a personas con asma, alergias, EPOC y afecciones cardiovasculares, quienes pueden experimentar crisis respiratorias debido al aumento de contaminantes. También se han documentado incrementos en ingresos hospitalarios en fechas festivas por este motivo.

Sin embargo, uno de los impactos menos visibilizados es el que sufren los niños con trastorno del espectro autista (TEA). Los estallidos fuertes, repentinos y de carácter impredecible generan en ellos una sobrecarga sensorial, provocando ansiedad extrema, crisis emocionales, llanto prolongado, desorientación e incluso conductas de autoagresión.

Para muchas familias estas fechas se convierten en episodios de aislamiento obligado para proteger a sus hijos del sufrimiento que los ruidos detonantes les generan. El ruido excesivo también puede alterar rutinas esenciales para su regulación emocional, afectando su estabilidad durante horas o días.

Del mismo modo, las mascotas son otro grupo altamente vulnerable ante la pirotecnia. La sensibilidad auditiva de perros y gatos es hasta cuatro veces mayor que la de los humanos, por lo que los sonidos explosivos pueden desencadenar taquicardia, temblores, ataques de pánico, vómito, convulsiones, desorientación y conductas de escape.

Cada temporada festiva se reportan numerosos casos de animales perdidos, atropellados o lesionados mientras huyen aterrados. En los casos más graves, el estrés agudo puede ocasionar la muerte, especialmente en animales con enfermedades cardiacas o neurológicas.

Desde una perspectiva de salud pública, estos efectos acumulados generan presión sobre los servicios de emergencia, médicos, veterinarios y de protección civil, y evidencian la necesidad de promover estrategias de prevención, regulación del uso de pirotecnia y campañas de concientización.

Diversos países y ciudades han comenzado a implementar alternativas más seguras, como espectáculos de luces silenciosas o shows digitales, que permiten mantener las celebraciones sin comprometer el bienestar de la población ni el de los animales.

La pirotecnia no es un simple entretenimiento festivo: es un fenómeno social con repercusiones significativas para la salud humana, el medio ambiente y la convivencia comunitaria.

Reconocer sus efectos y promover el uso responsable o la transición hacia alternativas seguras es fundamental para garantizar celebraciones verdaderamente inclusivas y seguras para todos.

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Y recuerden amigos, en Salud Pública: “Es mejor prevenir… que curar”.