RAYMUNDO LARA RUIZ
Uno nació el diez de julio de 1856 en una humilde localidad del Imperio Austro-Húngaro, hoy Croacia. Era hijo de Milutin Tesla, un sacerdote con alma de poeta y un firme defensor de la educación y la cultura, y de Georgina-Duka, una mujer que no solo se encargaba de las tareas del hogar, sino que también sorprendía a todos con su habilidad para construir y reparar herramientas. Fue ella quien encendió la chispa de la curiosidad en el joven Nikola, inspirándolo a explorar el fascinante mundo de la ingeniería y la mecánica.
El otro llegó al mundo el 28 de junio de 1971 en Pretoria, Sudáfrica. Hijo de Errol Musk, un ingeniero electromecánico con un olfato innato para los negocios (desde minas de esmeraldas en Zambia hasta desarrollos inmobiliarios), y de Maye Haldeman, una mujer multifacética: modelo, escritora y con una maestría en dietética.
Dos hombres, dos orígenes, dos infancias marcadas por el dolor. El de Croacia creció bajo la sombra de una tragedia familiar: su padre lo culpó por la muerte de su hermano mayor, un golpe emocional que lo persiguió toda su vida. El otro, de Pretoria, Sudáfrica, vivió una infancia sacudida por un escándalo familiar: su padre no solo abandonó a su madre tras nueve años de matrimonio, sino que luego se casó con su propia hijastra, un acto que dejó heridas profundas. Dos historias, dos traumas, pero un mismo destino: convertirse en íconos que cambiaron el mundo.
Los inventos del croata cambiaron el mundo. Con más de 300 patentes registradas en 26 países es imposible imaginar el mundo moderno sin los aportes de este gran genio, reconocido incluso por figuras como Albert Einstein, quien lo admiraba profundamente. Soñaba con el progreso de la humanidad y creía en un mundo donde los inventos estuvieran al servicio del bienestar global, no del lucro personal.
Si hubiera perseguido la riqueza, como lo ha hecho el sudafricano, habría sido en su época el hombre más rico del mundo. Sin embargo, en lugar de acumular fortuna murió en la pobreza el siete de enero de 1943, en la habitación 3327 del New Yorker Hotel, un lugar que pagaba gracias a la ayuda de la compañía Westinghouse, una de las beneficiarias de su genialidad.
Por otro lado, el sudafricano ha fundado o cofundado más de ocho empresas en campos como la movilidad, el espacio exterior, las comunicaciones, las redes sociales y los sistemas de movimientos de dinero. Sus empresas lo han convertido en el hombre más rico del planeta, acumulando una fortuna tan descomunal que incluso parece haber comprado un lugar en el gobierno de Estados Unidos. Con conexiones que llegan hasta lo más alto, es íntimo amigo del inquilino de la Casa Blanca, consolidándose no solo como un magnate de los negocios, sino también como un poder detrás del trono.
Estimado lector, Nikola Tesla, el “croata”, fue un gran genio que buscó solo lo mejor para el mundo. Dedicó su vida a ello y hasta su muerte siempre pensó en el bienestar de la humanidad. En cambio, Elon Musk, el sudafricano, ¿qué puedo decir de él? Lo admiré en un principio, aunque nunca estuve de acuerdo con que usara el apellido de un gran inventor para su compañía. Ahora, con su influencia política y económica parece estar más interesado en acumular poder y riqueza que en contribuir al bienestar global. Dejó a Nuevo León, México, con solo ilusiones tras prometer la instalación de una gigafábrica que nunca llegó.
Hoy hay un boicot a su compañía Tesla, que ha perdido más de la mitad de su valor desde que empezó a trabajar con Donald Trump, pero parece no importarle.
Visiones muy diferentes de dos genios: uno cambió el mundo, y el otro, con su ambición desmedida, parece dispuesto a sacrificarlo por su beneficio.
A Nikola Tesla lo recordamos con cariño. Entonces, ¿cómo recordaremos a Elon Musk?
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