“La Excepción y la Regla”

SERGIO AGUIRRE FLORES

No hay, que yo recuerde, una sola pieza teatral dónde un Juez resulte bien parado y en nuestro país, ya tiene meses puesto sobre el escenario de la realidad un sainete protagonizado por el Poder Judicial de la Federación, que siempre viviendo en un país propio y alterno, alimentado por la soberbia, el despotismo ilustrado y el retruécano legaloide, ahora busca respaldo popular ante lo que tilda como una intentona de desarticulación que, sin entrar en controversias, le puedo asegurar es reclamo que jamás va a encontrar el apoyo de un Pueblo al que constantemente despreciaron.

Perdieron señores de la toga y no vengan a pedir el respaldo de aquellos que nunca tuvieron los cien pesos que le exigían “para las copias”.

En 1930, Bertolt Brecht, autor alemán universal, presenta “La Excepción y la Regla”. Brecht buscó a través del teatro la exposición de temas sociales y políticos.

En este caso muestra a un comerciante (rico) que contrata a un cargador coolí (pobre) para una larga travesía, en la que en diferentes ocasiones le maltratará mientras el pobre resistirá, incluso cantando, para extrañeza del comerciante que llega a romperle un brazo.

En algún momento de la expedición se quedan sin agua y el cargador lleva su mano a la bolsa, lo que interpreta el comerciante como una amenaza, por lo que toma su arma y le mata, descubriendo que el cargador iba a sacar una cantimplora para compartirle agua.

Es, por lo tanto, el rico llevado a juicio y es el juez quien determina… bueno, léalo:

Comerciante – Pero yo no podía suponer que era una botella de agua. No había razón alguna para que ese hombre me diera de beber. Yo no era amigo suyo.

Guía – Pero de hecho le dio de beber.

Juez – ¿Pero por qué le dio de beber? ¿Por qué?

Guía – Seguramente pensó que el comerciante tendría sed. Quizá por humanidad. Quizá por estupidez, pues no creo que tuviera algo en contra del comerciante.

Comerciante – Entonces debió ser muy estúpido. Ese hombre sufrió un daño por mi culpa, quizá para el resto de su vida. ¡El brazo! Hasta habría hecho bien en vengarse.

Guía- Hubiera sido lo justo.

Comerciante – A mi lado, al lado de un hombre que tiene mucho dinero, marchaba él por una suma irrisoria. Pero el camino era igualmente difícil para ambos.

Guía – Hasta eso admite.

Comerciante – Cuando estaba cansado, se le castigaba.

Guía – ¿Y eso está bien o no?

Comerciante – Pensar que el coolí no me hubiese matado en la primera ocasión es suponer que no tenía cabeza.

Juez – Usted reconoce, con razón, que el coolí debía odiarlo. Al matarlo, por lo tanto, ha asesinado usted a un inocente, pero sólo porque no sabía que era inofensivo. A veces le ocurre lo mismo a nuestra policía. Tiran contra una masa de tranquilos manifestantes, sólo porque no pueden imaginar cómo es que esa gente no los baja del caballo y los lincha. Esos policías, en realidad, tiran sólo por miedo. Pero tener miedo es una muestra de que razonan bien. Por lo que usted declara, no pudo pensar que el coolí fuese una excepción.

Comerciante – Sí, hay que atenerse a la regla y no a la excepción.

Juez – ¡Sí, eso es! ¿Qué motivo pudo tener el coolí para dar de beber a su torturador?

Guía – Ningún motivo razonable.

ARRIBA EL TELÓN… Tercera llamada, tercera… comenzamos…