Yo te cuidaba…

JUAN R. GIL

En un hermoso jardín sobresalía el rojo carmesí de una lindísima rosa, junto a su tallo, todos los días, un sapito se posaba y permanecía inmóvil junto a ella.

Una tarde, la rosa molesta por ello le reclamó:

–Oye sapito, ¿por qué no te vas a otro lugar? ¿Acaso no te das cuenta que junto a ti me veo muy fea?

El sapito guardó silencio y a brincos agigantados se alejó.

“Una mujer valiosa, ¿quién la encontrará? Es más preciosa que las perlas, su marido confía en ella, y no le faltarán ganancias, ella le hace el bien y nunca el mal todos los días de su vida.”“(Prov. 31,10-12.)

Pasados algunos días, el sapito regresó y apresurado buscaba a su hermosa flor, sabía exactamente dónde la había dejado, pero no la veía, en su lugar estaba un tallo seco, sin hojas y sin un pétalo de su flor.

Se acercó y escuchó un suave gemido:

–Sapito, sapito, ¿eres tú?

El sapito respondió:

–Sí, soy yo, ¿eres tú, florecita? ¿Qué te pasó?

Ella murmuró:

–Hay sapito, cuando te fuiste ¡llegaron las hormigas, los saltamontes y las orugas y acabaron conmigo!

Todo lo que era dejó de ser, todo lo que fui no volverá jamás.

El sabio sapito se le acercó nuevamente y le dijo:

–Por fin te diste cuenta que yo te cuidaba todos los días.

Déjame estar junto a ti, hasta que nuevamente llegue la primavera.

El rey busca un novio para su hija

Pasados los días de la guerra, el reinado comenzó a volver a sus días de estabilidad, de paz y de popularidad, al haber vencido una invasión sin tener alimentos.

Para ese tiempo, “Lady B”, la hija del rey había cumplido ya 25 años; en ella había dos complicadas realidades, era la heredera al trono, pero por su gran vanidad no había nadie que llenara sus exigentes expectativas para pensar en una relación formal.

El rey, en tanto, pidió se preparara una gran fiesta en el castillo para que su hija conociera a los hijos de sus generales, duques y, por supuesto, a los hombres solteros de su reinado. Entre ellos estaba el hijo del caporal, Matthew, un joven de buena personalidad, de buena moral y muy respetado en el pueblo, del cual, su amiga de infancia, Fabiola, la hija del herrero, siempre le llevaba pan de queso, de la receta de la abuela. Matthew también fue invitado a la fiesta.

Ese día “Lady B”, frente a su espejo, por vez primera entró en su propia realidad y reflexión, en el sentir del tiempo y la vida, y quiso darse la oportunidad de conocer a alguien, pero su vanidad era tan grande que no había cabida en sus exigencias para resolver quién era el indicado.

El cortejo dio inicio, entre la música, los bailes y el banquete, no hubo uno solo en quien fijar la vista porque la vanidad tiene un pequeño resorte en el cuello, que solo hace mirar hacia arriba.

La fiesta terminó y el rey quedó muy desilusionado al ver que su amada hija no había tenido la cortesía de cruzar palabra con ninguno de los galanes que la cortejaron.

Cuando la primavera termina…

Pasados algunos pocos años “Lady B”, nuevamente frente al espejo, hizo un gran descubrimiento, un cabello blanco aparecía en su largo cabello obscuro, y sus ojos tenían una marca muy particular, era una pequeña arruga, que se diluía en su juventud, que en silencio se alejaba. Y sin más, resolvió a convocar a un concurso muy especial.

El anuncio…

Se emitió un comunicado real en el cual se convocaba a todos los solteros, apuestos, de buena reputación, valientes y de buena moral a reunirse en frente el castillo, en el jardín de la princesa “Lady B”, y aquel que lograra permanecer en pie durante 365 días sería el galardonado para casarse con la princesa.

Había 500 hombres reunidos, entre ellos Matthew, quien no quería asistir, pero, empujado por el honor de su padre, el caporal, se presentó.

Por su parte, “Lady B” salía solo por un minuto de su balcón a ver a los muchachos que iniciaban la competencia de fortaleza, física y espiritual.

Pasó un mes, era primavera, todos permanecían en pie y cada día a las cinco de la tarde se abría el balcón y miraban hacia arriba a “Lady B”, que hacía un breve recuento con la vista y entrababa

Llegó el verano, de los 500 quedaban 300.

En el otoño, solo había cien, la gran mayoría había claudicado pues solo recibían una comida y un litro de agua, a todos les había crecido la barba, por el sol y las lluvias, su vestimenta estaba arrugada, y desteñida, pero resaltaba la figura de Matthew, quien, como un roble, permanecía de pie, y también justo después que “Lady B” saliera y entrara en su balcón, aparecía Fabiola, su entrañable amiga quien le ponía a sus pies, aquellos panecillos que a él tanto le gustaban.

El invierno llegó, el frío junto a la estación, 50 más abandonaron el lugar; después todo fue un caos, pues la nieve comenzó a cubrir su ropa, finalmente quedaron solo tres, Matthew estaba ahí. A cinco días de ganar el concurso.

Pero el frío no perdona, los tres finalistas enfermaron; una muchacha se acercó y les dio sopa caliente a los tres; era Fabiola, quien ya no solo pensaba en Matthew, sino en la salud de los otros dos desconocidos. “Lady B” no salió ese día, estaba muy frio para ella.

Matthew, con fiebre aún, pensó en retirarse, pero no hay cabida claudicar para un espíritu inquebrantable; con voz débil, pero firme, le dijo a su amiga Fabiola.

–Ve a casa, has sido muy buena conmigo, cuando gane el concurso haré otro para que tú encuentres un buen hombre, alguien que verdaderamente sea digno de ti.

Ella se dio la vuelta, tan pronto lo hizo comenzó un llanto de tres días; desde su corazón, conociendo a Matt, sabía que él ganaría y que sería el próximo príncipe en el reino.

Finalmente, Matthew quedó solo, en frente del balcón, la nieve se derretía, y el rey preparaba la gran fiesta del triunfo.

A las cinco de la tarde saldría la princesa a encontrarse con su futuro esposo, ella se alegró al saber que era Matt, porque lo conocía por labios de su servidumbre; adentro había algarabía, el apuesto Matt había ganado.

La princesa se preparó para salir, camino hacia la puerta que conducía hacia el jardín donde estaba Matt; la abrió, pero una gran sorpresa la invadió.

Quédate con quien verdaderamente te ame y cuide de ti

Matthew a las 4:59 pm abandonó la competencia y caminaba hacia la casa de Fabiola; la princesa ordenó ensillar su corcel y fue al encuentro de Matt, quien estaba a cien metros de la casa de Fabiola.

Indignada le reprochó:

–¿Quién te crees que eres? ¿Acaso no te das cuenta de que te casarás con una princesa? ¿No entiendes en quién te convertirás cuando te cases conmigo?

Él, por su parte, mirándole a los ojos le dijo:

–Esperé un año para que bajaras de tu palacio (vanidad), que te tomaras la oportunidad de conocerme a fondo (Amor Philios) que te preocuparas un poquitito de tu futuro esposo en la enfermedad y adversidad (Amor Ágape) para que en plenitud viviéramos un matrimonio sólido (Amor Eros) y no encontré nada de ello en esta travesía de 365 días. Pensé que encontraría una princesa al final de año, pero estaba ciego, porque no veía que tenía una reina que siempre estuvo conmigo. Ella no me exige nada, ella solo está, ella solo me acompaña, ella solo me cuida y, con todo eso, hoy veo que ella solo me ama.

Princesa, vuelva a su catillo, que yo he perdido, no he logrado llegar a las cinco de la tarde en el último día porque el último minuto, mi último minuto, lo vengo a ganar por Fabiola.

Querido lector:

Hay un tiempo para escuchar, y otro para hablar; uno para leer, y otro para escribir, pero también hay un tiempo intermedio, en el cual hay que guardar silencio y reflexionar. Realmente no tengo conocimiento de si estas fábulas, citas y mensajes lleguen a un cometido, que es sencillamente, la expectativa de destinatario, el cual, es usted.

Mi intención, es que, entre la ficción y la realidad exista un punto de encuentro, para que volvamos al origen de la historia, la historia de nuestra naturaleza humana, inteligente, valiosa, única y llena de buena moral, principios y capaz de dejarse amar y sentirse amada.