JUAN R. GIL
En una lápida de Londres, se lee este epitafio:
“Cuando era joven, y mi imaginación no tenía limites, soñaba con cambiar el mundo; al hacerme mayor, pensé, ¡no hay modo de cambiarlo!, me propuse un objetivo más modesto, e intenté cambiar mi país, pero con el tiempo, ¡me pareció imposible! Cuando llegue a la vejez, me conforme con cambiar a mi familia y a los más cercanos a mí, de hecho, ¡Tampoco lo logre!
“En mi lecho de muerte, de repete, me hice esta pregunta:
“¿Y si hubiera empezado por cambiarme a mí mismo? Tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo, y habría cambiado, y con su inspiración, quizás habría sido capaz de cambiar a mi país, y ¿quién sabe?, tal vez, incluso, habría podido cambiar el mundo.”
A finales de primer siglo, un gran Teólogo, de nombre Juan, escribió las palabras que su Maestro había pronunciado segundos antes de hacer lodo con su saliva y devolver la vista a un hombre invidente:
“Mientras es de día tienen que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar.” (Jn 9,4)
Mi esposa dice que tengo por bien tocar corazones con historias, cuentos o fábulas, pues casi siempre van cargadas de un mensaje, una moraleja o simplemente un buen consejo.
Esto, pienso, fue la respuesta que recibí al querer leer todo al pie de la letra como si todo fuera histórico, o hechos reales sin haber explorado el maravilloso mundo de los géneros literarios. Por ello, iré al centro de esta tercera publicación:
FRANCISCO Y SU ESPOSA
Aquella tarde, Francisco llegó a casa sin cruzar palabras con su esposa, quien preparaba la cena, una mujer con el semblante frecuentemente triste y su corazón lleno de cicatrices.
Francisco no había cumplido con aquellas promesas que frente al sacerdote le había hecho, además tenía en su gran currículo, una enorme cantidad de renglones chuecos, que se le sumaban a sus falsas promesas.
Pero algo traía entre sí, pues aquella tarde algo le inquietaba, pero no encontraba cómo abordarlo y se dispuso a degustar en silencio aquella cena.
Su esposa, después de ver un poco televisión, fue a la recámara para “despedirse del día y recibir la noche”, en tanto sintió los pasos de Francisco, que, curiosamente, hoy iría a dormir también temprano.
Antes de hacerlo, abrió sus labios para decir serenamente estas palabras:
–Quiero pedirte perdón.
Confundida, pensó, ¿y ahora qué hizo? Y respondió tajantemente:
–¿Por qué?
“Por no haber sido el hombre que te prometió un cielo y te llevo a un abismo de desilusiones, amarguras, mentiras, y porque aún en mis borracheras e infidelidades la puerta siempre estuvo sin candado para volver a entrar.”
Francisco se arrodilló frente a la cama y ella pudo denotar que en su mirada había un brote de sinceridad, serenidad y confiabilidad. Volvía, después de muchos años, a ser aquel Panchito que conoció en su juventud.
Repitió aquella vieja palabra que casi siempre resulta tan difícil de sonorizar:
Perdóname, perdóname por lo que soy, lo que he hecho y las lágrimas que por mi culpa has derramado; por piedad, perdóname.
Ella lo miró, incrédula susurró:
¿Te pasa algo?
Él le dijo:
–Yo quiero cambiar, perdóname.
Ella tocó su cabeza, no le dio un Sí, pero tampoco un No, sólo le dijo:
–Anda loquillo, ven a acostarte.
Quisiera describir aquella noche, pero la luna brillo con más intensidad, no hubo diálogo, pero sí un gran desvelo.
Al día siguiente ella se levantó muy temprano, quiso sorprenderlo con tortillas de harina, y no usaría el café instantáneo, también en ese, su nuevo amanecer, quería sorprenderlo con café de olla, su semblante, era alegre, murmuraba aquel bolero que tantas veces escuchó en sus serenatas.
Una palabra sincera la había transformado, el mundo para ella no era el mismo, veía los primeros rayos del sol con una intensidad en sus ojos, que, desde hace mucho, en su pesar, no había contemplado; un “perdóname” había cambiado su vida.
El reloj marcaba las 7:15 frente al comedor, y ella pensó:
–Hay mi Panchito, anda desvelado, le daré diez minutos más.
Pero la manecilla larga llego al número seis indicando que eran las 7:30, las tortillas aún calientes junto al café peligraban en enfriarse.
Le llamó:
–¡Anda amor que se te hace tarde!
No hubo una pizca de ruido, se adentró en la alcoba decidida a descobijarlo y jalarle los pies, como lo hacía de recién casada, pero en la alcoba había un silencio distinto, la noche no se había retirado en Francisco.
Su corazón comenzó a latir con otro compás, se acercó, lo miró y lloró amargamente.
El día había terminado para él…
Sus palabras en las exequias fueron estas:
“Mi esposo, fue el mejor hombre, tuvo tiempo para mí, fue muy amoroso, actuó con honestidad, fue muy valiente, cumplió fielmente su promesa de llevarme al cielo, claro, ¡presupuesto!”, dijo ante la mirada atónita de amigos y familiares:
“Francisco se equivocó algunas veces, pero eso no lo recuerdo, incluso, ya lo olvidé, porque él cambió mi mundo con una sola palabra: PERDÓNAME.
“Y esa palabra me quitó la ceguera, para volver a ver la luz de un nuevo día, hasta que llegue para mí también la noche.”
