Somos lo que escuchamos

MICHELLE CAMACHO

Hace días escuché a un grupo de chavas en mi facultad escuchando música y de verdad que la música ha dejado de ser buena, ha pasado a convertirse en una declaración de identidad, un refugio y, en muchos casos, un modelo a seguir.

Dentro de tantos géneros musicales que dominan las listas de “éxitos”, el reguetón y los ritmos urbanos continúan posicionándose como los favoritos de las nuevas generaciones.

Pero detrás de sus ritmos pegajosos y melodías contagiosas, surge una reflexión urgente y necesaria sobre el contenido de sus letras, especialmente cuando llegan a oídos de las más jóvenes.

Es innegable que una parte considerable de la reproducción de música actual recurre de manera recurrente a un lenguaje explícito, obsceno y, con frecuencia, a narrativas que cosifican o denigran la figura de la mujer.

Resulta contradictorio y profundamente descorazonador observar cómo en una época donde se promueve con más fuerza que nunca el respeto, la igualdad y el empoderamiento femenino, chavas se todas las edades cantan y bailan música que reducen la dignidad de la mujer a meros objetos.

Y como bien dice el título, “somos lo que escuchamos”, y aunque la música por sí sola no determina el valor ni el futuro de una persona, sí moldea nuestra percepción del mundo, nuestras palabras y nuestros conceptos sobre lo que es normal o aceptable.

Cuando una persona consume repetidamente mensajes donde el trato despectivo hacia la mujer se normaliza, corre el riesgo de interiorizar patrones que distorsionan su propia autoestima y la forma en que espera ser tratada por los demás.

Cantar con naturalidad frases que degradan el género femenino no suma al crecimiento personal ni a la elegancia con la que cada mujer merece proyectarse.

Esta nota no pretende ser una censura moral ni un ataque a un género musical en su totalidad, pues dentro del ámbito urbano también existen propuestas creativas y respetuosas.

Se trata más bien de una invitación a la conciencia como sociedad, padres, educadores y creadores, tenemos la responsabilidad de guiar el gusto musical de las niñas y adolescentes enseñándoles a desarrollar un sentido crítico sobre lo que consumen.

Aprender a elegir lo que escuchamos es también una forma de cuidarnos y de definir qué valores queremos alimentar en nuestra mente.

Al final del día cultivar un entorno donde la música inspire, respete y eleve a las personas no solo hará que nos vean y nos sintamos mejor, sino que nos recordará que la música también puede ser respetuosa y divertida.

Piensen hoy mujeres cómo quieren ser percibidas y díganse… “porque me amo alimento mi mente de cosas buenas”.